Contexto

Damos gracias a Dios que con su Palabra nos acompaña y edifica. Recuerdo cómo después del huracán María, casi todos los días, la Palabra de Dios en misa y en otras celebraciones litúrgicas parecía que estaba elegida para lo que estábamos viviendo, como si la hubieran escogido para esos días, sin embargo, es el orden de las lecturas establecido por la Iglesia hace años.

Lo mismo podemos decir ahora. Después de un semestre de sismos, epidemia y polvos saharianos el Señor nos ha llamado a la valentía, pero hoy también balancea su exigencia con palabras de consuelo y alegría que se reflejan en todas las lecturas de hoy: Zac 9,9-10; Sal 144; Rom 8, 9.11-13 y Mt 11,25-30. No hay más que dar gracias a la providencia de Dios que hace patente su amor por nosotros en estos detalles.

 

Reflexionemos

Si bien los dos domingos pasados las palabras del Señor eran exigentes: “Y si uno me niega ante los hombres, yo también lo negaré ante mi Padre del Cielo.”(Mt 10,33) “El que quiere a su padre o a su madre más que a mí, no es digno de mí; y el que quiere a su hijo o a su hija más que a mí, no es digno de mí; y el que no toma su cruz y me sigue, no es digno de mí…” (Mt 10,37). Hoy ese Maestro exigente, que sabe que somos flojos, nos da una cuchara de miel: “Venid a mí todos los que estáis cansados y agobiados y yo os aliviaré. Cargad con mi yugo y aprended de mí, que soy manso y humilde de corazón, y encontraréis vuestro descanso”, (Mt 11,28s). A partir de ahí vemos en el Antiguo Testamento como ya se anunciaba por boca de Zacarías la noticia alegre y esperanzadora: La salvación llegará por medio de un Rey victorioso, pero a la vez humilde y pacífico. A su vez, esa sencillez de nuestro Dios requiere de nosotros humildad, pues Dios se manifiesta, no a los autosuficientes, sino a los humildes, que le abren su corazón.

Estas actitudes requieren algo de nosotros, pero para lograr eso necesitamos de la gracia de Dios, por eso lo que S. Pablo nos enseña sobre el Bautismo, la gracia y el Espíritu en Rm 5-8 (que leemos durante estos domingos) manifiesta que para ser de Cristo y vivir según sus criterios debemos vivir por su Espíritu y en su Espíritu: “Ustedes no están en la carne, sino en el espíritu, ya que el Espíritu de Dios habita en ustedes”. (Rm 8,9).

 

A modo de conclusión 

Jesús, como buen Maestro, sabe exigir con dulzura. El problema es que a veces nosotros queremos quedarnos con la dulzura, pero no con la exigencia. Cuando se hace ejercicio, y yo no soy el más indicado para explicar esto, pero he visto que los entrenadores saben combinar distintos tipos de ejercicios, así como momentos de descanso. La vida espiritual es como un gran entrenamiento, por eso incluso hablamos de ejercicios espirituales. Eso no es pura metáfora. A veces se exige un verdadero esfuerzo, incluso agotador. Pero sin ese esfuerzo no hay verdadero fruto. Aquí lo mejor es que este entrenador nos da algo que los otros no pueden. Él nos da su fuerza, su Espíritu. Los demás nos pueden dar ánimo, pero no desde dentro. Jesús nos infunde su Espíritu para que podamos ganar en esta competencia y lograr la meta este entrenamiento. Él nos vivifica, como nos dice el Apóstol.

Si recientemente hemos visto como los dueños de los gimnasios clamaban por su apertura después de 90 día de cierre. Aquí está Jesús, que nunca cierra su gimnasio para entrenarnos, animarnos (desde dentro) y, cuando hace falta, nos da una cuchara de su mejor miel (jalea real), para darnos su consuelo y energía.

 

 

Mons. Leonardo J. Rodríguez Jimenes

Para El Visitante

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