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 «El que quiere a su padre o a su madre más que a mí no es digno de mí; el que quiere a su hijo o a su hija más que a mí no es digno de mí; y el que no coge su cruz y me sigue no es digno de mío». 

Esta frase de Cristo ha sido motivo de extrañeza y aun de escándalo para muchos. ¿Será porque no la hemos entendido? El Señor nunca quiso devaluar el amor de la familia. Aún más, a través de él nos enseña todo lo que Dios es para nosotros: Acogida, perdón, misericordia, convivencia. Recordemos la historia del hijo pródigo, la presencia de Cristo en las bodas de Caná y la prisa con que acude a sanar a la suegra de Pedro. El texto nos extraña porque simplemente hemos pasado por alto el «más que a mí». Si alguien a quien yo amo se opone a los proyectos del Señor y me convence, estoy amando a esa persona más que a Dios. Todos hemos sentido la tentación de claudicar.

Mucho más cuando nos lo sugiere alguien que amamos: el pariente, el amigo, el compañero de trabajo, el socio de la empresa. Ellos repiten frases como éstas: Si ahora todo el mundo lo hace. Si esto ya no se ve mal. Si nadie lo va a saber. Si es tan fácil y no causa problemas. De otra parte, tienen más prensa los que claudican que quienes defienden los valores. No claudicar ha llegado a ser algo insólito. Nadie parece creerlo.

El cristianismo consiste en ir trasladando progresivamente, a todas las áreas de conducta, esa opción fundamental por el Señor, que trasciende todas las lealtades y todos los intereses del hombre. Un poeta religioso suplica a Dios de esta manera: «No dejes que claudique, ¡oh mi Señor!» Que esta sea también nuestra plegaria.

Padre Obispo Rubén González

Obispo de Ponce 

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