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Nos narra el segundo libro de Reyes el episodio de Eliseo con la sunamita y cómo ella le dio hospedaje y alimento por ser Eliseo hombre de Dios y cómo fue recompensada.

Desarrolla San Pablo en la Carta a los Romanos la teología del bautismo, asociando a este sacramento con la Pasión de Nuestro Señor Jesucristo.

En el Evangelio de San Mateo, Jesucristo no solamente habla de las exigencias de ser su seguidor, sino que también habla de la importancia de la hospitalidad entre los cristianos.

En los Estados Unidos, el tema de la inmigración es uno de los más importantes dentro de la pastoral estadounidense. Por otro lado, este tema es uno de los más cruciales dentro del pontificado de Papa Francisco. Uno recuerda las imágenes del Santo Padre en la isla de Lampedusa, Italia, uno de los puntos en donde llegan inmigrantes en yolas. En Puerto Rico también debería ser uno de mayor importancia dentro de la acción pastoral de la Iglesia, cuando consideramos los hermanos dominicanos o haitianos que llegan de manera ilegal a nuestras costas. Y es que el tema de la inmigración es uno importantísimo dentro de la teología bíblica.

Este es el caso que nos presenta la primera lectura. Por ser Eliseo un hombre de Dios, esta mujer importante de Sunam le pide a su esposo que acoja al profeta. Los profetas llegaban a los distintos pueblos de Israel y Judá a predicar sin ninguna garantía de la providencia de Dios. Esta mujer, estéril y por tanto “maldita”, reconoce la presencia de Dios en Eliseo y la necesidad de éste por ser acogido, y por eso insiste en proteger al Profeta. Por esta acción, Dios la recompensa. Esto me trae a la mente tanta gente buena en las parroquias que acogen a sus sacerdotes, los cuidan cuando están enfermos, los protegen de distintas situaciones, etc.

Jesucristo, en su predicación, dicta una sentencia que va en dos direcciones. Primero les dice a sus seguidores que acojan a los que predican en su nombre. Y sí, ¿por qué no decirlo? Dice a los fieles de la Iglesia que cuiden de todo aquél o aquella que venga en su nombre: sacerdotes, religiosas, diáconos, seminaristas, etc. Al mismo tiempo, nos está diciendo a los sacerdotes que confiemos y nos abandonemos a la providencia de Dios, que no nos preocupemos tanto de las cosas que necesitaremos en el camino puesto que Dios proveerá a través de la gente buena de nuestras parroquias, de nuestras comunidades, de nuestros barrios. Esto trae, como consecuencia, que nosotros los sacerdotes y todo el que predique en el nombre de Dios, lo haga con amor.

Teniendo en cuenta que la tesis de la Carta a los Romanos es que Cristo es quien nos ha salvado con su Muerte y Resurrección y que por tanto tenemos que poner nuestra fe en ÉL, une al Sacramento del Bautismo con la muerte de Jesucristo. Dado que es la muerte de Jesucristo la que nos salva, y que a través del Bautismo somos partícipes de esa salvación, el Bautismo nos une a la muerte de Jesucristo y a su Resurrección. No en balde nos dice San Juan que, cuando su costado fue traspasado, además de sangre brotó agua.

P. Rafael “Felo” Méndez Hernández

Para El Visitante

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