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Educándonos para la libertad

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La cualidad que refleja la dignidad humana en forma más elocuente es la libertad. Pero ¿qué es libertad? Si nos acogemos a la definición popular del término, podemos pensar que la libertad es hacer lo que yo quiero hacer. Sin embargo, esta definición es muy limitada, ya que no considera que la realidad del ambiente puede limitar mis deseos, por ejemplo: yo quisiera ser un pez, pero soy una persona humana, ¿tengo libertad para ser pez? Esta definición tampoco considera que mis deseos pueden ser perjudiciales a mí mismo o a los demás, e incluso limitar mi propia libertad: ¿soy libre para esclavizarme o para esclavizar a otros? La verdadera libertad es la capacidad de elegir con conciencia y obrar de acuerdo con nuestras decisiones, sin coacciones, para lograr nuestro potencial como personas. La verdadera libertad alberga la paz y promueve la sana convivencia.

Hablando de la libertad, Jesús nos dice: “Si se mantienen en mi Palabra, serán verdaderamente mis discípulos, y conocerán la verdad y la verdad los hará libres”, (Jn 8, 31-32). En estas palabras de Jesús encontramos dos requisitos esenciales para ejercer la auténtica libertad: (1) entendimiento (facultad que busca la verdad), y (2) voluntad (facultad que busca el bien). Usando ambas el hombre puede determinar dónde está el bien verdadero y escogerlo.

Para desarrollar nuestra libertad debemos ampliar nuestro conocimiento del mundo y de nosotros mismos. Esto nos permitirá desarrollar unos criterios de juicio y guías de acción, lo que llamamos conciencia moral.  El desarrollo de una conciencia veraz (fundamentada en la verdad) y  recta (que guía nuestra voluntad y se hace acción), aunque inicia desde niños mediante la adquisición de valores positivos y disciplina, es una tarea de toda la vida. El Catecismo de la Iglesia Católica (CCE), nos propone que la formación de la conciencia moral requiere asimilar la Palabra de Dios y las enseñanzas de la Iglesia, y se ve asistida por los dones del Espíritu Santo, la oración y la disciplina de evaluar nuestras acciones (1781-1785).

La conciencia hace posible asumir la responsabilidad de los actos realizados (CCE 1781). Nuestras elecciones, a partir de nuestra conciencia tienen unas consecuencias, de las cuales somos nosotros, y solo nosotros, los responsables. Nuestras elecciones pueden ser correctas o no, acarrearnos consecuencias positivas o negativas, pero nos corresponde a nosotros  aceptar nuestra responsabilidad, enmendar nuestras acciones y continuar nuestro peregrinar hacia nuestras metas. La persona que opta por no tomar sus propias decisiones, y luego responsabiliza a otros por las consecuencias que enfrenta, está negándose a sí misma el derecho a ser libre. Por esto es que el ejercicio de la democracia representativa, sistema político en el cuál delegamos nuestro poder decisional sobre los asuntos públicos, exige que el pueblo comprenda que los resultados de las acciones de sus elegidos es su responsabilidad. Corresponde pues a los ciudadanos participar para resolver los problemas sociales y fiscalizar la labor de sus representantes en el ejercicio del poder público.

La libertad no tiene razón de ser en sí misma: es un medio, un bien fundamental, que nos permite conseguir otros bienes. En el proceso de elegir cómo actuar, nunca debe perderse de vista ese fin último al que queremos llegar. La Doctrina Social de la Iglesia establece que el hombre y el mundo se han de dirigir hacia una meta, que es el cumplimiento de su destino en Dios, una meta que supera infinitamente las posibilidades y aspiraciones del hombre (Compendio de Doctrina Social 48). La libertad exige no solo elegir, sino también elegir inteligentemente.

En lo profundo de nuestra conciencia, a la luz de la razón y guiados por la Verdad es que podemos realizarnos plenamente como seres libres. La libertad es un don precioso, desarrollemos nuestra capacidad de ejercerla y aprendamos a utilizarla para encontrar dirección  hacia la felicidad.

(Nélida Hernández | Consejo de Acción Social Arquidiocesano)

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