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Una de las finalidades de la sociedad debería erradicar de la pobreza en todas sus dimensiones, o por lo menos la reducción sistemática y programada de ella. Ese debería ser el compromiso del estado, que herido por la politiquería coloresca, corrupción y afanes lucrativos de algunos, suele balbucear en vez de ser voz contundente en este asunto. Por eso no nos extraña que a las alturas de la recta final del 2022 la pobreza de los puertorriqueños -sea carencia, estructural, espiritual u otras- no sea un tema prioritario en el muro de prioridades nacional. Más bien, es algo que nos tiene a todos anestesiados. ¡Cuidado! Que dar por hecho que Puerto Rico es pobre, como escrito en piedra no es el camino… La Iglesia que peregrina en las seis Diócesis, con ánimo sinodal y misionero, cuenta con un ejercito que batalla semana a semana donde muchos no pueden llegar para erradicar una de la pobreza en todas sus dimensiones y especialmente la pobreza espiritual. A pesar de ello, parece que el estado se distancia cada vez más de la Iglesia…

Hace falta caminar un poco por las comunidades rurales, por los barrios, las urbanizaciones -que antes eran de familias y ahora son de gente mayor-, por las comunidades pobres y residenciales públicos. De eso dan cátedra catequistas y ministros extraordinarios de la Comunión, en su mayoría damas. A su vez colaboran con las pastorales sociales, como líderes comunitarias, como enlace con organizaciones sin fines de lucro y hasta con el estado. Son héroes anónimos del día a día. Esto no se trata de recursos; más bien de tiempo. No cobran salario, solo tesoros en el cielo. Son mujeres y hombres de fe ardiente, a imagen de María, madre de la Divina Providencia. Dejan lo mejor de sí para ir como el sembrador (Lc 8, 5-15) lanzando semillas por doquier. Esto porque la pobreza espiritual es la más peligrosa, una esencia, capital.

Por otro lado, un sinnúmero de fieles son el ejemplo mayor, que sin tener escrituras, carros nuevos, títulos ni muebles de diseñador son en definitiva un pedazo de cielo que bendicen el suelo boricua. Y otros teniéndolo todo, ganan titulares al caer desde sus mansiones a los barrotes. Tal vez fue una semilla que calló en terreno fértil y otra en piedra… Por ello, se puede carecer de muchas cosas y a la vez ser guardar tesoros en el cielo. Por eso, rechazar el mundo material desde la circunstancia personal y atesorar el cielo es el único camino. Ya lo dictan las bienaventuranzas, carta magna del cristianismo: “Bienaventurados los pobres en espíritu, pues, de ellos es el reino de los cielos” (Mt 5, 3).

Enrique I. López López

e.lopez@elvisitantepr.com 

Twitter: @Enrique_LopezEV

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