A 60 años del inicio de las deliberaciones del Concilio Vaticano II, luego de un período preparatorio de 3 años. Convocado por el Papa San Juan XXIII, en 1959, los objetivos del Concilio eran reflexionar sobre como la Iglesia podía ser más efectiva en su misión de promover la fe cristiana, fomentar el diálogo con el mundo moderno, renovar la Iglesia Católica y restaurar la unidad de los cristianos. El Concilio Vaticano II, promovió un alto nivel de participación. Además de los Cardenales y Obispos de todo el mundo, fueron invitados varios teólogos-consultores, observadores laicos, consultores de la Iglesia Ortodoxa e Iglesias protestantes y periodistas. En total participaron unas tres mil personas. Se celebraron cuatro sesiones entre 1962 y 1965, año en el cual clausuró el concilio.  Debido a la muerte de San Juan XXIII, en 1963, le correspondió al Papa San Pablo VI convocar las últimas tres sesiones del Concilio.  

La primera sesión inició en octubre de 1962 y se dedicó a la discusión de los esquemas preparados por diversas comisiones, sobre la liturgia, la Revelación y la Iglesia en el mundo moderno. El resultado de estas deliberaciones fue la redacción preliminar de las Constituciones sobre la liturgia con Sacrosantum Concilium, la Revelación con Dei Verbum y la Iglesia con Lumen Gentium. También se sometieron documentos sobre la Virgen María, los medios de comunicación social y la unidad de los cristianos. Los esquemas presentados fueron ampliamente discutidos y se votó sobre ellos, incorporándose las modificaciones, de acuerdo con el Reglamento establecido. Esta primera sesión concluyó el 8 de diciembre de 1962.

La segunda sesión fue presidida por San Pablo VI, el 29 de septiembre de 1963. En ésta se volvió a revisar la redacción de las Constituciones sobre la Iglesia, la liturgia y los decretos sobre los medios de comunicación social y el ecumenismo.   También se discutió el tema de la colegialidad y el episcopado. Al terminar la segunda sesión, en diciembre de 1963, se promulgaron oficialmente la Constitución sobre la Liturgia y el Decreto sobre los medios de comunicación social.

La tercera sesión del concilio se inauguró el 14 de septiembre de 1964. En esa se discutieron los últimos capítulos del esquema sobre la Iglesia y se retomó el esquema sobre los obispos. También se presentó el esquema sobre la libertad religiosa, el apostolado de los laicos, los presbíteros, la formación sacerdotal, las iglesias de rito oriental, las misiones, los religiosos, la educación cristiana y el matrimonio. Al concluir, fueron aprobados la Constitución sobre la Iglesia y los decretos sobre el ecumenismo y las Iglesias orientales. Además, el papa proclamó a María como Madre de la Iglesia.

La última sesión del Concilio Vaticano II comenzó en septiembre de 1965 y concluyó el 8 de diciembre de 1965. Al finalizar se habían aprobado la Constitución pastoral sobre la Iglesia y el mundo de hoy (Gaudium et Spes) y La Constitución Dogmática sobre la Revelación (Dei Verbum), los decretos y declaraciones sobre las misiones, la libertad religiosa, la relación de la Iglesia con las religiones no cristianas, el apostolado de los laicos y sobre el ministerio y vida de los presbíteros. En total se redactaron 16 documentos que fueron traducidos, publicados y distribuidos ampliamente.

Al concluir el Concilio, los Padres Conciliares dirigieron un mensaje a los gobernantes, a los hombres de ciencia, a los artistas, a los pobres, enfermos y todos los que sufren, a las mujeres y a los jóvenes. A todos ellos se abre la Iglesia como Madre, para dar a conocer a todos los pueblos la luz de Cristo. De todos ellos se espera una participación en ese ministerio. La contribución del Concilio Vaticano II al desarrollo de la Doctrina Social de la Iglesia fue significativa, definiendo el apostolado de los laicos en el mundo, su participación santificadora en toda actividad humana, la promoción de la paz y la justicia como deber  cristiano y la opción preferencial por los pobres. Esta visión refleja una Iglesia que camina con todos los hombres del mundo: “El gozo y la esperanza, la tristeza y la angustia de los hombres de nuestro tiempo, sobre todo los pobres y toda clase de afligidos, son también gozo y esperanza, tristeza y angustia de los discípulos de Cristo, y nada hay verdaderamente humano que no encuentre eco en su corazón” (GS, 1). Una Iglesia siempre joven.

(Puede enviar sus comentarios al correo electrónico: casa.doctrinasocial@gmail.com).

Nélida Hernández

Consejo de Acción Socia Arquidiocesano

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