Editorial: Salario luz

El mandato primero de trabajarás arrastra consigo un deleite, el amor que está por encima de todo. Cada esfuerzo para reconstruir el mundo no se da en el vacío, fluye dentro de la Providencia Divina que proyectó la tarea humana como una fuente de alegría para entusiasmar a las generaciones con el servicio al prójimo. Trabajar es más que ganar un salario, conlleva una sutil invitación a calcar la obra primera, a pregonar que se es ayudante voluntario de un mundo siempre en aventuras nuevas, tarea inconclusa en las manos de las generaciones.

Trabajar significa acercarse al misterio, dar forma a la materia, develar el yo necesitado. Cumplir con la tarea encomendada es suavizar la ruta, ver más allá. Ese esfuerzo de mente y corazón revierte en abrazo fraternal. Se vierte el esfuerzo en solidaridad, en ayuda mutua, en abrazo de muchos. Son las manos unidas las que empujan la labor a realizar, las que se elevan en oración y en gratitud.

Las ocho horas de trabajo establecidas son tarea noble, avidez del cuerpo y del alma para agilizar el proyecto comunitario. El sueldo es una compensación que debe ser justa, un poco de miel para hacer más dulce lo amargo de la rutina y del cansancio. Dar a cada uno lo suyo es cumplir con la justicia, evocar la perenne solicitud de un Dios bueno y bondadoso.

Además de un sueldo justo, el amparo de las leyes laborales es ser refugio óptimo para que los obreros no vivan a merced del atropello y del capricho del patrono. El estilo mayordomía yace en el pasado, se impone la convergencia de voluntades, el estilo fraternal, la alegría de dominar juntos la tierra. En estas circunstancias de vasallaje migratorio, hay que evitar la prepotencia y abrir cauce a la necesidad apremiante del prójimo. 

Nuestros trabajadores que, han tenido un tiempo de luchas y desvelos, merecen sueldos justos, aprecio a su esmerada labor, abrazo comunitario. No es justo lanzarles todo tipo de improperios para luego darles lo que se merecen. Esa pugna estremece y crea deterioro en las relaciones gobierno-trabajadores. Echar a los vientos la verdad es crear un ambiente de solicitud fraternal, una cercanía que redunda en confianza y en fraternidad.

Ya que han aparecido los recaudos para partir el pan adecuadamente, sería conveniente mantener la objetividad financiera por encima de los ofrecimientos de hombre. La multitud, anhelante de justicia, anhela lo propio para establecer sus finanzas desde el “yo trabajé”, como aseveración luz que hace referencia a los anos de esperanza y a tener una pensión adecuada. 

Un salario-luz incluye una vida mejor, un abrazo de los jóvenes a los mayores para poder vivir en paz. Sin una pensión de amor y cariño, todo lo ahorrado se hace sal y agua, se pierde el abrazo comunitario.  

Padre Efraín Zabala

Para El Visitante 

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