Hay inquietud ciudadana cuando un fuego destruye la casa de un vecino o de un amigo. La devastación penetra corazón adentro, brota una lágrima. Se piensa en todo lo vivido dentro de esa demarcación amada. Esa estructura, devorada por el fuego, involucra los sentimientos, era cobija de tiernos saludos, de experiencias inolvidables. Se quema lo material, sobreviven la bendición mamá, los saludos cordiales, los recuerdos imborrables. 

Lo que el fuego se llevó ves comparativamente poco con lo vivido en familia, con la ternura compartida entre padre e hijos, hermanos y amigos. No hay sitio bajo el cielo como el querido hogar. Allá se estremece el alma, se diluye una lágrima, se eleva una oración al Dios Todopoderoso. Esa vivencia del nosotros redunda en fortaleza, en fortalecimiento del carácter, en pleitesía a lo bello y a lo sagrado.

Es de primordial interés que el hogar constituido por personas que se aman no perezca entre llamas de la indiferencia, el individualismo, la rivalidad. Hace tiempo que no se atiza el fogón de la conversación sanadora, de la alegría de estar juntos. Cada cual por su sitio parece ser un eslogan que arrastra indiferencia y falta de tacto. La pasión por los medios electrónicos devora la solicitud por la familia y el anonimato se convierte en flagelo y golpe bajo.

A cada rato las noticias de un hogar calcinado por las llamas hacen mella sobre el sentido íntimo de la familia como maestra de perdón y reconciliación. Tras la refriega insular en que estamos sumergidos, se organizan las masacres de los valores religiosos y humanos y se perpetúa el rencor como si se tratara de una marca de un carro exclusivo. Se prefiere caer en el mutismo que dejar que la garganta ejerza su poderío esclarecedor de ideas y conceptos.

La reverencia al hogar logra valorar cada detalle de los que participan en la experiencia humana haciéndose eco de la fragilidad de cada uno de sus miembros y de la fortaleza de todos. Perdonar y bendecir son apertura de intimidad inocente que se adhiere a la cruz de Cristo para desbordarse en ternura y compasión. Almacenar represalias y venganzas en nada ayuda a mantener la familia unida, a la convivencia más sana y noble.

Resulta irreverente fomentar el fuego familiar que sólo deja cenizas que contaminan el alma y el cuerpo. Nuestro País necesita con urgencia, apaciguar los fuegos que se originan en los hogares, en las escuelas, las playas. Conviene erradicar el mal que se filtra en la familia como mensajero de buenas noticias. El respeto al nido familiar es garantía de una vida buena, de hacer un Puerto Rico mejor.

Duelen los fuegos en que la propiedad pierde su forma y su estilo. Duelen las familias en ascuas en que la distancia y la indiferencia en las relaciones humanas. Sin vida familiar se cae en el desaliento y en la pobreza extrema. En todo momento el abrazo familiar es curativo, es parte de la inmunología del espíritu y del cuerpo.

Sin hogar se pierde el sentido de pertenencia y se cae en el destierro más doloroso. Ante que renegar de los míos, o pegarle fuego al cariño transparente, conviene abrazar la ternura de un hogar en flor, en armonía de ideas y pensamiento. 

Padre Efraín Zabala

Para El Visitante 

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