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El salmo de hoy es sublime y debe resonar en nuestros seres azotados por estos tiempos huracanados para elevar una mirada al cielo y abrir los oídos para finalmente creerle a Dios, escucharlo, obedecerlo y proceder como Su Hijo… No endurezcáis el corazón como en Meribá, como el día en Masa en el desierto, cuando vuestros padres me pusieron a prueba y me tentaron, aunque habían visto mis obras.

El archipiélago borincano experimentó los vientos del huracán Fiona y el casi diluvio que provocó terribles inundaciones y derrumbes por doquier. Luego de la tormenta llega la calma, dicta un refrán popular. Cayeron puentes físicos y se levantaron puentes de sensibilidad, de humanidad que unieron a las comunidades. 

No había un solo ser humano en el 100×35 que tuviera la confianza de que el servicio eléctrico y de agua funcionarían al terminar el temporal. Como siempre, la gente, esas brigadas de desconocidos que se juntan para salir a ayudar al prójimo, fueron la primera respuesta donde el estado no puede llegar. ¡Que muchos héroes sin nombre que salieron a salvar personas en dificultad durante y después del huracán! Nuestra oración y gratitud como pueblo los debe señalar.

Vino un examen para la lección del 2017 que se aprendió con tanta dificultad. Recordar siempre lo que la escasez nos enseñó en aquel momento y en estas semanas. El plato de comida, la taza de café́ o las galletitas se compartieron en lo poco. ¿Acaso el exceso de tecnologíáa, comodidad y placeres desvían la atencióń de lo realmente importante?

Luego del huracán llegó la tranquilidad. Es la misma quietud que ocurrió́ cuando Jesús increpó a la tormenta y llegó una “gran calma” (Mt 8, 26). Esa serenidad pudiera ser la sólida zapata del amor, que se traduce en las obras de misericordia y la fraternidad.

Esto no cambia que vivimos en una zona tropical y los huracanes son parte de nuestra realidad. Planificación, preparación, prudencia y proactividad deben ser parte de nuestra temporada anual. Oración y acción son las actitudes de un buen cristiano. Siempre hay que recordar que luego del viento llega la serenidad y con ella una oportunidad de manifestar el amor de Dios con el prójimo que es el próximo. Escuchemos la voz de Dios que nos habla en el silencio, en la calma y nos pide conversión, acción. El camino conduce a la parroquia, casa de todos, para dar gracias a Dios por tanto en la Eucaristía…

Enrique I. López López

e.lopez@elvisitantepr.com 

Twitter: @Enrique_LopezEV

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