La tendencia moderna está llena de temores, de vacíos, de mezquindades apocalípticas. El estruendo vivencial está limitado por rasguños mentales que se originan de lo inesperado o del capricho de algunos. El comentario sacado de la manga no provee luz y sirve para  dar rienda suelta a la ignorancia y al “yo se más” que es un ataque frontal a la lógica y a lo obvio. 

Para vivir mejor hay que abastecerse de la fe, de los equilibrios humanos, de la cordura como vehemencia virtuosa. Las fuentes del saber, antiguas y modernas, proveen un entorno audaz para adquirir sensatez, equilibrio mental, categoría para no pasar la raya ante Dios y los hombres. Constituirse en sabelotodo o en una especie de conocedor de la vida y de la muerte es atizar el fuego, sucumbir a ideas rancias.

Cada día tiene lo suyo. Es el tiempo el aliado de esta empresa que llamamos vida y que es atuendo para cultivar lo bello, lo bueno, lo justo. Caminar es abrir paso por entre las espinas y descifrar el mañana de aventuras infinitas. Tratar de impugnar lo duro y difícil resulta en pérdida, en decaimiento de espíritu. En estos días se vive en la expectativa de malas noticias, de conversaciones rígidas, de pocas ideas para romper con la monotonía. Ese despliegue de más de lo mismo es ave de mal agüero, indicador de un déficit de buena noticia, de entender que hay un mundo más amplio, que hay que mirar lontananza.

La frase “se ha acabado todo” punza el corazón y trae un pesimismo que adormece y paraliza. Ese análisis, producto del encerramiento, es fallido para avanzar en la reconstrucción del mundo, en la lucha que es estímulo de cada día. Los niños y jóvenes que oyen ese lloraito, se encierran en sí mismos, se acogen a la indiferencia.

Ante lo difícil y arduo se impone los abastos de una genuina entrega a la reconstrucción del mundo. Hacer frente a la tristeza y a la confusión reinante es conectarse con la ágil mirada con el anhelo de vivir bien, de echar la red a la derecha para pescar en abundancia. La vida merece vivirse porque es asignación pendiente para cada uno de los habitantes de esta bella Isla. Así lo quiere Dios. Es un proyecto de vida y esperanza, un milagro de la fe.  

Padre Efraín Zabala

Editor

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