Estamos inmersos en la dictatorial forma de un virus que tiene sus arsenales bien calibrados.  En el marco de la salud física y mental, el acecho penetra el pensamiento, la sicología, todo el entramado de las relaciones humanas.  No hay espacio libre en esta pandemia que mantiene al planeta en vilo, que se torna en huésped no querido y menos tolerado.

Sobre esa inflamación universal, el ser humano, dotado de luz y de esperanza, no deja que el corazón agonice, que el mañana sea un callejón sin salida.  Inspirado en el “yo he vencido”, contundente y preciso, el cristiano, que es del mundo, pero no pertenece a él, utiliza su lealtad a la vida para no desfallecer, para mostrar su equipaje único: amor, verdad, justicia.

El miedo y el que será de nosotros es una constante, un péndulo real que va de la mañana a la noche, que está como una banderilla en la espalda. Y ahí, tratando de vivir está el ser humano con estilos quijotescos y nimiedades al por mayor.  Se mueve como hábil caminante y arrastra los pies cuando no percibe la situación total y solo ve una parte.

Siempre hay espesores que no dejan ver el más allá de la ternura y compasión en días aciagos. A primera vista el estremecimiento global nos mantiene a todos en la cautela, en la búsqueda de horizontes saludables, en la medicina ideal. El común denominador, que es Covid, ha levantado las reservas del ser humano para entender la amplia realidad que es reto y cátedra de verdades únicas.

La oportunidad está dada para salir del insularismo y proyectarse al cosmos como asignatura imprescindible. Todo hombre es mi hermano es frase que se agudiza en estos días en que la mente no se cansa de dar vueltas y apoyarse en el Dios de eterna salud. Hay una oración común, un silencio avasallador, una esperanza.

Sobre las suplicas y oraciones se abre del telón de Dios va con nosotros; es un aliado en esta situación compleja. Evitar el desgaste espiritual y sicológico es tarea del creyente, obviar el negativismo que tiene rostro de miedo y trauma. La acción viva de la Iglesia, que es sanadora pondrá su peculiar acento en los sufridos y heridos de esta batalla campal, en los que lloran a la vera del camino.

Toda crisis trae su secuela de luz, su contundencia viva. Somos actores de la verdad y del convencimiento cristiano. La reflexión, cuajada de fe es vehículo para la orientación y así caminar sobre las aguas. El apocamiento y la exótica timidez a hacer el bien conducen a la apatía y el menosprecio colectivo.

Se aprende de las situaciones extremas, se rehace el espíritu al desparramar optimismo en un mundo herido.  El Dios guerrero nos acompaña en estas emergencias globales.  Todos juntos, en armonía de pensamiento y en abrazo fraternal, cruzamos el mar rojo y hacemos guardia ante el altar de la vida y de la misericordia.

P. Efraín Zabala

Editor

LEAVE A REPLY

Please enter your comment!
Please enter your name here