Al recriminar el adulterio nos concentramos en el dolor del cónyuge engañado.  La exclusividad prometida, la intimidad reservada se hunde en un abismo de dolor para la engañada.  ¿Y la otra?  La persona que, con mayor o menor consecuencia, ¿cayó en el triángulo amoroso?  ero cuando esta persona también ha sido objeto de un engaño: estoy divorciándome, ¿ya no me quieren…? Hablemos del dolor de esta persona que, sin derecho a reclamar nada, sufre también una decepción.

Lisette canta en los años 70 el “martes, a las dos de la tarde”.  Porque en el adulterio hay tres personas que sufren daño por promesas inicuamente olvidadas.  También a la otra, que debe contentarse con el encuentro fortuito “a las dos de la tarde”.  Entre las características del adulterio está la irresponsabilidad.  Hay personas incompletas por su irresponsable decisión.

Lisette genialmente describe ese dolor de la otra.: “estaré esperándote en el parque, ¿temblando de nerviosidad?  Sus ansias de una relación segura y comprometida se resume en esperar nerviosa un momento semanal.  Todo en el escondite, comida tal vez por el miedo de que se descubra esa aventura.  No solo me dan las sobras, pensará ella, sino comidas en tiempo determinado y rápido ‘a las dos de la tarde’.  “nos iremos ligero sin hablar, sin decir nada”.

Es clara la fragilidad de esta relación.  Es solo un desahogo biológico, sin verdadera entrega emocional.  No se regala la vida, el futuro juntos, los sentimientos mutuos.  Se regalan órganos sexuales, como el animal que busca a la hembra en la época de celo “sin demora y sin hablar una vez más me darás la savia de tu pasión.”

El canto lo que deplora angustiado es la soledad de la otra.  Es mujer que echa de menos la entrega total, el sexo que es momento especial en la vivencia de una vida acompañada para lo que venga.  Busca “los mil modos de llegar a un mismo puerto”: una recompensa de gozo biológico, pero ella quiere más, quisiera todo: “Si me das el corazón, sabes que lo quiero entero; y si me das un poquito, déjalo que no lo quiero”.

El final está lleno de vacíos: el, fumando: aspirando con el humo palabras que nunca me dirás”.  Ella vistiéndose “con pudor” y tumbando con un leve temblor.  Queda en pintura patética la maldad del adulterio.  Son tres personas asomadas a un vacío.  También la otra que ya sabe que no tiene derechos.  Pero como persona llamada también a la felicidad vive en un vacío sin es esperanza humana. Y sin esperanza de un Dios que de ningún modo aprueba ese vacío en que todos se han hundido.

La melodía del canto maravillosamente esboza la pintura.  Tan maravillosamente que el oyente llega a compadecer más a la otra que a la esposa que mientras tanto atiento los niños, trabaja en las tareas del hogar sin enterarse de la tragedia que fuera se está gestando.  Sin duda que, a lo lejos, como telón de fondo que ni se canta ni se recuerda, resuenan las palabras de San Pablo a sus cristianos: “Se les ha olvidado que son miembros de Cristo, Y ¿voy a quitarle un miembro a Cristo para hacerlo miembro de una prostituta?  ¿Ni pensarlo?

 

P. Jorge Ambert, S.J.

Para El Visitante

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