Todo poder viene de Dios, que es el poderoso por excelencia. Nadie tiene derecho a falsificar el poder encomendado y a convertirlo en festín de una noche de verano en ofensa a los que han depositado la confianza en ese que les prometió un mundo mejor. Esa franquicia democrática, tribuna de logros y fracasos, pierde todo su sentido cuando se desvirtúa el servicio, cuando se hace añicos la esperanza de unos ciudadanos ávidos de progreso y de una vida digna.

El poder corrompe cuando se atiza el fogón de la ambición desmedida y se desvirtúa el termino servir. Desde la sima, los que olfatean el dinero como refugio a todos sus males, caen abajo como sabuesos en busca de tesoros, como peritos conocedores de prácticas deleznables y dañinas. La tergiversación de ¿para qué estoy aquí? trae como consecuencias el abrazo con los que tienen todo calculado, de artífices de la glotonería, de las monedas.

El servicio fraternal, producto de una elección democrática, requiere de la limpieza del alma, del convencimiento de que el trabajo en favor del pueblo tiene aditamentos éticos, solvencia moral, equilibrio que da oxígeno al bien común, que se cobija de bienes materiales y de las penurias de los pobres y marginados. No existen destinatarios hechos a la medida. Hay variedad, necesidades apremiantes, manos extendidas.

Los que se postulan para ser líderes de mente y corazón no pueden aliarse al mal como trampolín  para beneficio propio o de sus amigos del alma. La buena voluntad tiene que resistir la invitación a buscar tesoros, a enriquecerse en poco tiempo con la alcancía del pobre que anhela un tiempo de bondades económicas y servicios de calidad.

El país atrapado entre huracanes, terremotos y pandemia, palidece ante el saqueo, el mal uso de los bienes públicos y la verborrea de los aduladores de ocasión que están velando güira y partiendo el pan a su antojo. Decae el fervor del pueblo por la democracia que usa vestimenta oficial cada cuatro años e inspiraba a no pasarse de la raya, a servir en bandeja grande la voluntad del pueblo.

Se pierde el entusiasmo democrático cuando las agencias federales les don pan a los que han cruzado la raya de la honestidad y aladean de sus leyes, estilo el Sha de Irán con su claque y sus aduladores. El pueblo tiene que custodiar sus haberes y no dar rienda suelta al festín organizado, ni justificar el mal basándose en el poco equilibrio ético y en la desorientación que ronda por todas partes.

Es hora de cortar por lo sano y desterrar la ambición, la avaricia, llenarse los bolsillos con el peculio del pueblo.  Se está sirviendo comida rancia al pueblo y las  nuevas generaciones sólo encontrarán retazos de incertidumbres, desolación en cada calle del País, una herencia demasiado pobre para una Isla paradisíaca.

Detectar a los que se matriculan en el servicio público para el bienestar propio es tarea de los votantes, de los líderes y del pueblo en general.

P. Efraín Zabala

Para El Visitante 

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