El mundo entero busca afanosamente la medicina de la cordialidad y la cercanía amorosa que son antídotos contra la enfermedad que es huésped de la humanidad. La salud es vínculo de libertad, una golosina que tiene origen en los atrios de Dios; la enfermedad arruga el corazón, debilita el entusiasmo, empobrece las iniciativas personales.

Tarde o temprano, se debilita el cuerpo, se nublan las ilusiones y la preocupación penetra todo anhelo. La hincada sobre el cuerpo y el alma está balanceada por la fe, por el cúmulo de conocimientos médicos, por la tierna mirada de familias y amigos. Esa plegaria desde el corazón no es un artificio mental sino una dádiva que se desliza por la fe en Cristo, por la belleza de la gracia divina.

La delicadeza cristiana se abre en abanico de ruegos, en multiplicidad de anhelos y deseos. La oración y la preocupación constante abren una ruta; Cristo y el constante recuerdo del que padece en una cama o va de cita en cita, se asemeja a un medicamento amoroso, en un pensamiento eficaz que comunica  salud, apertura hacia el antídoto más eficaz.

En estos días de distancias programadas, la mirada precipitada, el sublime pensamiento llega al cuerpo y al alma del enfermo. Por encima de la mascarilla se observa un deleite fraternal, un deseo de que los demás encuentren un tesoro, retornen a sus quehaceres diarios, a visualizar la existencia desde el bienestar espiritual, mental y físico.

La muerte de Cristo en la cruz y su acción benéfica para todos, no puede ser limitada a un mero recuerdo, o a una medicina que ya perdió su efecto. La Iglesia, hospital para todos los enfermos, se manifiesta en cada sacramento, en cada obra de caridad, en cada vivencia en el espíritu, en cada oración humilde. La ciencia y la fe se complementan, no se desgastan en una confrontación inútil, ni en teorías irrelevantes.

Todo cristiano, abrazado al Señor Jesús, es un aliado de la oración sanadora. Se reza por los demás en súplica de poderío sanador. Ese “Tú puedes curarlo” tiene tangencias con el espíritu vivificante, con la misericordia, que es abundancia y poderío. El egoísmo y la mezquindad se debilitan cuando la plegaria tiene alas y toca al que sufre y al que llora.

Es de gran importancia que los cristianos extiendan su amor por los que sufren víctima de la pandemia. Además de observar el protocolo indicado, es justo abrir cataratas de salud que tiene el Altísimo. Cada cual desde su apacible corazón puede elevar el pensamiento y dar sentido a la realidad dolorosa por lo que atraviesa el mundo.

La simpatía y el cariño van unidos a la fe vivificante. Acoger, bendecir, orar los unos por los otros es ruta liberadora. Sobre el dolor y el sufrimiento se brota la fe, la curación gratuita que viene del Dios Altísimo.

P. Efraín Zabala

Editor

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