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Madera, un poco de metal y materia orgánica. Con los mismos elementos esenciales, ambos tienen la capacidad de elevar un mensaje claro. Todo depende de la voz que viene desde lo profundo del ser, la intención que viene del alma y de la Voluntad de Dios que se ejecutan desde la cruz y la guitarra. Observemos ambas por un instante.

Por un lado, la guitarra es madera de corte artesanal, delineada y pensada para ser ergonómica, sonora y armoniosa. Tiene clavijeros para sostener y afinar las cuerdas. La guitarra es hueca para potenciar el sonido, es frágil, elegante, brillante y acompaña muy de cerca al cantante. Es este último quien la toma en sus manos y ejecuta una canción para amar a Dios y al prójimo, como a sí mismo. Puede ser instrumento para el sustento. También, se puede distorsionar y junto a ella perderse en el mundo con fines egoístas y placenteros.

Por otro lado, la cruz es madera de corte crudo, recta y pensada ser instrumento de miedo y tortura. La acompañan varios clavos para fijar manos y pies. La cruz es maciza para sostener y mantenerse erguida, es robusta, opaca, intimidante y acompaña muy de cerca al sentenciado. Antes de Jesús, era signo de derrota, humillación y muerte. Fue Jesucristo el que la tomó en sus santas manos y mediante su Pasión, Muerte y Resurrección la convirtió en símbolo de la victoria sobre la muerte y el pecado rescatando la humanidad de la condenación. La Cruz nos recuerda el sacrificio del Cordero de Dios.

Es intrigante apreciar cómo un poco de metal estiran las cuerdas, similar a los clavos sostuvieron a Cristo. Como el prodigioso cantante saca de sus pulmones y garganta la melodía y de sus manos los acordes de la guitarra, por medio del instrumento de la cruz Jesús interpretó la canción más determinante para la humanidad. La sonata divina tuvo el silencio absoluto de la muerte que fue el preludio del crescendo (<) y fortissimo (ƒƒ) la Santísima Resurrección.

Hoy estas líneas van para los músicos, que tanta falta hacen en la comunidad parroquial que lucha semana a semana para santificarse. Sus voces y manos pueden adquirir un nuevo significado si los instrumentos se alinean con la cruz. Y no hay que romantizar la fe, hay que cristianizar las pruebas. Para alguno, la canción llega donde la palabra no alcanza, pero, el ejemplo del cantor y el predicador es vital para arrastrar con el mensaje sea musical o no. Esto lo digo para poder responder a la llamada de Jesucristo, con la vida y talento, que increpó a sus discípulos: “El que quiera seguirme, que renuncie a sí mismo, cargue con su cruz y me siga”, (Mt 16, 24).

Enrique I. López López

e.lopez@elvisitantepr.com 

Twitter: @Enrique_LopezEV

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