Se cuela el mal por todas partes y deja una estela de dolor y muerte. La frágil condición humana muestra sus apetencias y sus desafíos más extravagantes dejando al descubierto la maldad, la corrupción, la torpeza institucional. Se cae fácilmente en la tentación de poder y dinero, de hacer las cosas a medias, de obviar el llanto del pobre y el necesitado. Se pretende caminar sobre las ramas, tirar la toalla, y a Dios que reparta suerte.

Es lamentable el caos hogareño y el gubernamental que se complementan por su inhabilidad de hacer justicia a quien corresponda. Del ámbito íntimo, del hogar en llamas, se pasa al oficial que es lento, burocrático, extenuante. Los pobres son dejados a su suerte columpiándose en la esperanza de cuándo llegará el día de que esto se resuelva, invocando al Dios Santo para que los asista con tan pesada carga.

El Lamento Borincano se queda corto ante la turbulencia social que arropa al País e impone la ley del miedo y el chantaje. La decadencia es obvia; pasa por el batey, se amotina en las metrópolis, se acentúa en el raqueterismo de los que estudian para el provecho personal a través de las urnas. El mal ejemplo se ha convertido en cátedra, en pasaporte para el éxito rápido. 

Los ciudadanos se encuentran entre la espada y la pared, entre lo mucho y lo poco, en la vaciedad valorativa. Con la pandemia sobre sus hombros, y la crisis social rondándole el corazón, se cae en la depresión y la ternura del insomnio quiebra el deseo de vivir y de soñar. La soledad se encarga de revertir la convivencia y convertirla en cuna de mal agüero, en pérdida de tiempo.

El jardín patrio está saturado de espinas y cardos. Faltan jardineros que ejerzan su oficio con suavidad de espíritu y desyerben la maleza que amenaza con asfixiar la semilla sana y buena. Sin un huerto de semillas luminosas se cae en la tentación de cercar todo con alambres de púas y convertirlo en tierra de nadie, en terreno inhóspito. 

Atajar el mal es tarea voluminosa, se necesita vocación de servicio inmolarse en la verdad que es escudo y fortaleza. La tarea a realizarse debe estar enmarcada en los problemas y necesidades del pueblo. La trivialización de la voluntad de todos, trae como consecuencia la fragilidad del servicio a los más pobres, de llevarlos contra la pared en los días de la desgracia y el dolor.

Mientras la división social prevalezca se acentuará el partidismo versus el bien de todos. Pasar por esta vida arruinando el bien de muchos es defraudar a Dios y al prójimo. Es el tiempo de unir voluntades y rechazar todo intento de dominio manifestado en diferentes estilos y métodos de avanzar hacia lo mejor en la vida comunitaria.

Quitar espinas, dejar las flores nuevas, es tarea de todos. Devolver al pueblo la confianza en sus instituciones es dar salud, ampliar el horizonte. Todo lo que provea un sentido de fraternidad y de amor comunitario representa un paso al frente, una forma de vivir mejor en una Isla que anhela paz, justicia y amor.

Padre Efraín Zabala

Para El Visitante

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