A menudo se trae a la discusión pública la variada gama de seleccionados para servir en el gobierno de Puerto Rico puntualizando unos sentimientos de íntima familiaridad. Se habla de los amigos del alma, los hijos del corazón, los ahijados sin tacha. Hay toda una fibra única que pasa por el sentimiento cuasi familiar para dar acomodo en un puesto público a esas personas que brotan en la genealogía de los míos, los que vigilan el tesoro común.

El servicio público, para todos, no puede especificarse en los míos, o en los del corazón. Los gobernados requieren de personas con sentido ético, que se inmolen desde el cumplimiento del deber y favorezcan a los pobres y necesitados. En un País en clamor de justicia, cualquier gesto de favoritismo se ve como un atentado en contra de la mayoría que padece y siente.

Lucrarse y sacar partido de un puesto público es una forma de acelerar el proceso de devastación moral del País. Así el caído y el necesitado se adhieren a esa mentalidad tergiversando el respeto por lo ajeno y vociferando que otros más arriba lo hacen peor. El servidor público está llamado a presentar una carta de honradez que sea estímulo e invitación para liberar a las personas de las ataduras del egoísmo y del engaño.

Ser beneficiado de un puesto público tiene connotación de escogido para dar el máximo, para establecer la colindancia de los sanos propósitos. El momento histórico de la pandemia y otras enfermedades éticas, es una oportunidad para aliviar la carga de los muchos que están entre la espada y la pared, frente a un precipicio de calamidades y contradicciones.

Todo hombre o mujer seleccionados para trabajar por el bien común no debe ser víctima de los acosos del dinero o de los partidarios del festín económico. En el corazón habita la verdad y ésta debe dictar la cátedra de servir. Todo lo demás añadido o traído por los pelos, va en contra de todos, una ofensa al País entero.

Si se desea construir la familia puertorriqueña, el servicio integral y la honestidad tienen que viajar juntas evitando lo que se conoce en la moral como compensación oculta, o en muchos casos, a la luz del día.  La integridad de la mente y el corazón viajan juntas y dan constancia de la materia de que están hechos los servidores públicos.

El padrinazgo, los amigos del alma, no pueden construirse en nuevas cargas avaladas por el corazón y la familiaridad. El pueblo no resiste el embate de los astutos que siempre están al acecho, convirtiendo el servicio público en un albergue de expolíticos o seguidores de rumiadores de los festejos.

Pide el pueblo y la justicia un decoro, una actitud de personas capaces de servir en lugar de ser servidas.

 

P. Efraín Zabala

Editor

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