Las escenas apocalípticas que marcan el retorno de los Ayatolas en Afganistán señalan la dura lucha del ser humano sobre la tierra. Ese instinto de dominar la tierra queda retratado en cada circunstancia de libertad o de opresión. Lanzarse a la aventura para saborear un poco de libertad, arriesgándolo todo, tiene connotación de un más allá de misterio, de un sorbo de esperanza.

     Haití, con su dolor a cuesta y sus días de pesadilla, se prolonga en la pena universal del que será de nosotros, que futuro habrá en la cercanía vivencial. ¿Quién podrá ayudarnos? Siempre surge la interrogante de un porqué cuajado de pocas respuestas. Afganistán vive con el corazón en llamas, esclavizado por el terror, amilanado por la fuerza bruta, con el corazón en la mano esperando en un vuelo aéreo sin retorno.

     Peregrinar, a veces bordeando el precipicio es una invitación a suplir luz para ver el camino, para descifrar las realidades adversas. Todos a una amplían la mirada y sosiega del corazón abatido.  Colmar el corazón de sano juicio y ver más allá, hace el camino más expedito, una consecuencia lógica de la fe que indica que el trecho es largo, que la huella queda para otras generaciones.

     Aceptar el momento de cruz es currículo iluminado, una advertencia siempre nueva que marca para el cristiano una ruta tierra-cielo. El dominio del mal choca frontalmente con el amor cristiano, que es néctar para ser ofrecido al mundo y develar el mal que tiene sus aduladores y formas únicas de salirse con la suya.

     Desde Borinquén se observa el panorama mundial que es espectáculo y lección abierta para sacar conclusiones de alto calibre humano. La meditación de cada día llega en periódicos y en los medios electrónicos como una dosis del acontecimiento que es hechura de la naturaleza y nuestra. No basta con compadecerse del que sufre a la vera del camino, sino afinar la justicia, la nobleza de corazón, la alegría de vivir juntos, prolongando los días felices para hacer frente a los aciagos.

     Todos los rasguños y tragedias mundiales son lectio magna, una cátedra ilustradora de la verdad de la existencia. No es agradable mirar para otro lado, o desafiar las realidades a través de ideas frágiles o de echar culpas. En este mundo nadie escapa a las responsabilidades éticas y cristianas. Es responsabilidad compartida, disposición de ánimo para encarar la adversidad que tarde o temprano hace su entrada oficial.

     El camino está expedito para hacer un mundo más justo y más de acuerdo al corazón de Cristo. Es tarea de todos ampliar el horizonte de una vida mejor, de un cambio de mentalidad que sea afiche y eslogan de un compromiso vivo. Siempre hay que caminar hacia derroteros de virtud y excelencia. Quedarse varados a orillas del paisaje es renunciar a la vocación de servicio, o ser agente de esperanza. 

P. Efraín Zabala

Editor

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