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La Iglesia siempre ha mantenido un gran aprecio por la ciencia y la ha identificado como una de las vías de llegar al conocimiento de Dios, (Catecismo de la Iglesia Católica, 39). El Compendio de Doctrina Social de la Iglesia (CDSI, 78) establece que las ciencias, tanto sociales como humanas, aportan al conocimiento que tenemos del hombre y profundizan el conocimiento teológico, también pueden apoyar el bien de toda la humanidad. En ese espíritu de diálogo y apertura, define unos límites y principios morales básicos que deben guiar el desarrollo y la utilización de los avances científicos. Entre estos se encuentra la necesidad de que el progreso científico se disponga al servicio de las personas, sin excluir individuos o naciones y el respeto a la dignidad humana. 

Al evaluarse la donación de órganos bajo estos parámetros, la Iglesia reconoce la donación de órganos como un acto de amor. En el Discurso de San Juan Pablo II, ante el XVIII Congreso Internacional de la Sociedad de Trasplantes, celebrado en agosto de 2000, reafirma, citando la Encíclica Evangelium Vitae (86); “merece especial reconocimiento la donación de órganos, realizada según criterios éticamente aceptables, para ofrecer una posibilidad de curación e incluso de vida, a enfermos tal vez sin esperanza”.

Según indica el Catecismo de la Iglesia (2296), un trasplante de órganos, para ser éticamente aceptable debe: contar con un consentimiento expreso del donante o sus representantes; la extracción de los órganos vitales sólo debe realizarse después de la muerte (a menos que no represente riesgos físicos o psicológicos al donante); no puede ser una transacción comercial. La Iglesia también establece que la asignación de los órganos donantes debe hacerse en forma justa y no discriminatoria, fundamentada en factores clínicos. La utilización de estos criterios morales garantiza que s, al utilizar este desarrollo científico, se considere el valor único de la vida humana y se respeten la integridad y dignidad, tanto del donante como del receptor.

Según los criterios de valoración éticos, es inadmisible provocar la muerte a un ser humano, o su mutilación, para retardar el fallecimiento de otras personas. Es válida la donación, antes de la muerte, de órganos que no sean absolutamente necesarios para vivir, como, por ejemplo, riñones o médula ósea. En esos casos y en otros similares, no es necesario que el donante esté muerto, ya que puede sobrevivir con un solo riñón y la médula ósea se vuelve a reproducir.  

 En el proceso de donación es esencial recordar que el ser humano no puede concebirse como un conjunto de tejidos, órganos y funciones, sino que es un ser único e integrado en todos sus componentes. La muerte debe ser entendida como la cesación total e irreversible de toda actividad encefálica, lo que desata la desintegración de lo que es la persona humana. Ese ser único, creado por Dios a su imagen y semejanza nunca puede verse como un objeto comerciable, por lo que la donación debe carecer de elementos comerciales o pecuniarios.   

La Iglesia también se ha expresado con respecto a la realización de trasplantes de órganos procedentes de otras especies animales, conocidos como xenotrasplantes. A este respecto, el Papa Pio XII explicó en 1956, ante su discurso a la Asociación Italiana de Donantes de Corneas, que su licitud exige que el órgano trasplantado no menoscabe la identidad psicológica o genética de la persona que recibe el trasplante y de que exista la comprobada posibilidad de realizarlo con éxito, sin exponer a riesgos excesivos al receptor. 

Como punto de contraste y consistente con los principios éticos que se han establecido, la Iglesia se opone a la clonación de personas, ya que ésta no responde a los criterios éticos definidos y más bien se propone como una forma de obtener órganos para trasplantar. También implica una manipulación de la vida humana, mediante su reproducción artificial.

La donación es una forma de darnos a nosotros mismos, es un acto meritorio. En palabras del Papa Francisco: “De nuestra donación puede brotar la vida y la salud de los enfermos que sufren, reforzando así una cultura de la ayuda, del don, de la esperanza y de la vida. La sociedad necesita estos gestos concretos de amor generoso para que se entienda que la vida es sagrada”, (Tweet 9.18.2021).

(Puede enviar sus comentarios al correo electrónico: casa.doctrinasocial@gmail.com).

Nélida Hernández

Consejo de Acción Social Arquidiocesano

Para El Visitante

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