Contexto

Después de varias semanas tocando el tema del Reino de los cielos y su relación con Israel y sus líderes con las parábolas de los hermanos, la viña y el banquete, a la vez que leíamos pasajes de la carta a los filipenses, el domingo pasado comenzamos a oír textos que ponen su mirada más directamente a la realidad terrena: el pago del impuesto al César, la misión de Ciro en el plan providencial de Dios, y hoy la justicia junto con el amor al próximo (Ex 22,20-26; Mt 22,34-40). Junto a eso vemos cómo Pablo se goza en la difusión del evangelio entre los paganos (1 Tes 1,5-10).

Es interesante que tengamos estos temas según se acerca el fin del año litúrgico, que nos presentará temas como el fin del mundo y el juicio final; además de que pronto tendremos jornada mundial de los pobres que el Papa Francisco ha establecido el domingo antes de Cristo Rey.

Siguiendo la catequesis del año litúrgico y aspectos de la pastoral universal de la Iglesia, caemos en cuenta de que fijarnos en el más allá no significa que nos quedemos en lo abstracto, sino que eso mismo nos invita a aterrizar en la realidad (cf. GS 39).

Reflexionemos

Este domingo la Palabra del Señor es clara. El Éxodo ya daba normas referentes a los deberes para con el prójimo. Jesús, por medio de su enseñanza, nos propone un modo de actuar distinto. Recientemente hemos tenido la oportunidad de elegir un nuevo gobierno. En nuestro ejercicio del voto y en el compromiso que hagan los electos, así como nosotros mismos, los dueños de empresas, etc. no debería faltar lo que el Señor pedía a Israel: no oprimir al migrante, no explotar a los pobres, no ser usurero, si se toma prestado, no devolver pronto (sobre todo si se sabe que quien me lo prestó necesita eso). De hecho, en teología moral a esos pecados contra los más pobres se les llama pecados que claman al cielo, posiblemente inspirado en Ex 22,27: “Si grita a mí yo lo escucharé.”

Ante esas grandes injusticias se manifiesta lo que en la Escritura se conoce como la ira de Dios. Hay que tener en cuenta que, si es real la misericordia de Dios, ello no puede significar que aminoremos su justicia, sobre todo cuando se trata del abuso de los indefensos. Posiblemente nos choca ese término de la ira de Dios, pero con tal de que no la entendamos como una de nuestras rabietas, ni como un Dios justiciero sin ton ni son (cf. Ex 34,6; Is 48,9; Os 11,9; Sal103,8), sino como la aplicación de la verdadera justicia (cf. Rm 12,19), no debemos tener problemas, pues todos quisiéramos que en este mundo haya justicia, sobre todo cuando vemos que la humana es frecuentemente tan pobre.

Al oír a san Pablo agradeciendo a la comunidad de Tesalónica, que se ha convertido en un modelo de evangelización, a pesar de las dificultades, debemos entender que en el camino de la evangelización es importante no separar el anuncio de la doctrina de la práctica de la caridad y la justicia. Por ello la doctrina social de la Iglesia es inseparable de la catequesis y debe formar parte de ella. Por mucho tiempo hemos fallado en eso y en parte vemos las consecuencias de esa ausencia. Como diría Pablo hay que alegrarse de los que abandonan los ídolos, pero no sólo de los falsos dioses, sino también los ídolos del dinero, el poder y otros que causan casi más daño que los falsos dioses.

A modo de conclusión  

Ante la realidad de un mundo que cambia: cambio de época, cambios culturales, cambio de gobiernos, etc. La propuesta del Evangelio es la inmutable verdad de Dios, que hace que todo cambio se enfoque correctamente hacia el amor a Dios, al prójimo y la justicia. Si los cambios no van por ahí servirán de poco.

Mons. Leonardo J. Rodríguez Jimenes

Para El Visitante

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