Los sicólogos hablan de “peak experiences”.  Los místicos también.  Son momentos de iluminación profunda sobre lo divino, sobre una experiencia humana totalizante.  Son momentos cumbre, pico.  San Pablo la tuvo camino de Damasco.  Fue un momento que le dio una vuelta de 180 grados a su vida: de perseguidor de cristianos a su mejor evangelizador.  San Juan de la Cruz los tuvo como en aquel ”un no se qué que queda balbuciendo”.

El enamoramiento en la pareja puede ser uno de esos momentos humanos.  Es el eureka gritado por Arquímedes, que sale desnudo de la bañera. El enamoramiento contiene algo de eso, de convulso, totalizante, de cierta locura. Cuando es pura sensación emocional lleva a engaños, o mejor desengaños.  Pero también al encuentro de algo, o alguien, considerado fundamental para lo que yo deseo de mí.  Algo que trastorna y cambia mi vida.  Para bien, claro.

He dicho en otras ocasiones que matrimonio es haber encontrado a una persona tan significativa para mi definición de lo que quiero y busco, que sería estúpido si la dejo escapar.  Pensaba en esto oyendo la inspirada balada de Pedro Capó “Vivo”.  Explicará su experiencia con palabras al parecer exageradas, abismales.  Como, por ejemplo, decir que ‘somos tan divinos como el pan y el vino’.  Alusión, y comparación, espero, a la vida que se encuentra en la Eucaristía y que ‘salta a la vida eterna’.

Ese encuentro lo desafía todo.  ‘Abriendo camino contra la corriente, somos brújula y timón, sí’. Describe esa emoción como una flor que se abre al viento…una flor que es esperanza de fruto o de semilla que producirá nueva vida, ‘de lluvia y de viento dándole alimento a nuestra flor’. Una vez le preguntó un periodista al P. Arrupe” qué es Dios para usted.?”  Y él respondió emocionado: “Pues Dios es todo, todo”.  Lo mismo siente el cantor al decir “mis inspiraciones son tus emociones, eres todo para mí.”  Claro, en este nivel humano, perecedero, aunque digno y hermoso, se puede afirmar.  Sin negar que la experiencia del místico es muy superior.

Este encuentro amoroso es encuentro que da vida, se multiplica, se alarga.  Por eso el verdadero matrimonio no es para pasar un fin de semana con alguien.  Se comparte vida y se da vida.  El cantor dice “quiero nacer y renacer otra ve contigo; adentrarme en tu tierra y crecer, sí.”  Este encuentro me ha reconocer mi valor, ‘soy el sol, sí’.  Pero es sol “de un fuego latente, si eres tú la fuente del calor”.  La otra persona me complementa.  Tuve el encuentro con una gran carga de valores en mi persona, y ahora se acrecientan con tu unión.  El matrimonio es haber hallado la otra mitad que, en el pan divino, constituiría mi ser completo.  Por eso repetimos nosotros mucho que la llamada en el matrimonio es a sumar, a crecer mutuamente en todo, a rechazar lo que sea resta o disminución.

Este amante, embargado por el oro encontrado, quiere encontrar nueva vida en la amada, hasta el punto de desear perder esta vida humana en la unión con ella.  “bajo tu seno quiero fallecer, pa’ soltar el alma a tus pies”.  Me hace recordar esas parejas de muchos años de compartir sus vidas que, al morir uno de los dos, el otro, o la otra, no siente ánimo para vivir.  A veces no duran ni un mes.  Es como unos siameses que necesariamente tienen que moverse con la otra parte.  Buen testimonio de que entendieron profundamente la experiencia de comprometerse en matrimonio.

 

P. Jorge Ambert, S.J.

Para El Visitante

LEAVE A REPLY

Please enter your comment!
Please enter your name here