La 1ra lectura, sacada del Libro de los Hechos, nos presenta a Pedro para proclamar el mensaje fundamental de la Iglesia: Cristo ha resucitado.

En la Carta a los Colosenses, San Pablo nos hace la siguiente aseveración: si un cristiano cree en verdad en la Resurrección del Señor, entonces debe de poner sus miras al cielo y no a la tierra.

Cristo resucitó en la más completa secretividad, y el Evangelio de San Juan nos presenta en detalle lo que hicieron los Apóstoles para cerciorarse de que Cristo había cumplido su Palabra.

Toda la preparación intensa que nos supuso la Cuaresma fue para esto para celebrar la Resurrección de Jesucristo, que es lo que da sentido a nuestras vidas. Ya lo dice San Pablo: “Si Cristo no hubiese resucitado, vana sería nuestra fe”.  Pero el momento cumbre de nuestra salvación no pudo ser más anticlimático: Jesucristo resucitó en la más absoluta secretividad y nadie se dio cuenta de esto. Después de que Jerusalén viviera unas jornadas intensas con el juicio y la ejecución de Jesucristo, un evento que viró a la Ciudad “patas arriba”, nadie se dio cuenta de que Jesucristo resucitó. “La noche fue la única testigo de la Resurrección de Jesucristo de entre los muertos”, como reza el Pregón Pascual.  

La secretividad de la Resurrección fue tal, que al principio los Apóstoles no le creyeron a María Magdalena, y creyeron que el cuerpo de Jesucristo había sido robado. Tuvieron que ir Pedro y Juan al sepulcro para cerciorarse de que había realmente resucitado. ¿Por qué para los dos apóstoles las vendas y el sudario en el sepulcro fueron indicios de la Resurrección? Porque si el cuerpo hubiese sido robado, hubiese sido con prisa, con todo y vendas. Pero el cuadro que ellos vieron fue como si Jesucristo se hubiera levantado de un sueño y comenzado un nuevo día, el día de la Resurrección.

Muchas veces me he preguntado por qué Jesucristo resucitó de esa manera tan secreta, y no más portentosa, estilo Hollywood. La respuesta Jesucristo nos la da a lo largo de los evangelios: que nosotros sus seguidores lo debemos de seguir por el camino de la fe: o creemos en su Resurrección o no. Esta fe en el Señor debe traducirse en actos concretos, en testimonios de fe, en hacer de la Resurrección la prioridad de nuestra vida. Ya lo dice San Pablo a los cristianos de Colosas: “si Cristo ha resucitado, debemos tener puestas nuestras miras en lo alto”. 

Hemos vivido recientemente unos eventos que han sacado la a la luz cuál es nuestra fe en el Resucitado: la pandemia, el debate del aborto, cuán prioritario es para la gente la celebración de la Pascua, etc. En estas instancias el pueblo ha demostrado qué clase de fe tiene en Jesucristo resucitado. Pienso en María Magdalena que madrugó hacia el sepulcro, para estar cerquita del cuerpo de ese Cristo, para encontrarse que ese mismo Cristo se le aparece, la llena de la alegría pascual y la comisiona a llevar la buena noticia a los Apóstoles. ¿Cuántos de nosotros estamos dispuestos a madrugar a la tumba, al sepulcro?

P. Rafael Méndez Hernández

Para El Visitante

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