DIOS PROMETE

¡Las tribulaciones en la familia! La Sagrada Familia las soportó: hijo nacido en indigencia, abuso del gobierno que los envía a viajar a otro lugar, persecución del Estado, xenofobia y exilio. Una amiga mía hace años pasó por una cruel tribulación. Su madre agonizaba poco a poco con el cáncer. Pero ella tenía fe en el poder de la oración: misas ofrecidas, unción de enfermos, novenas y velas a santos favoritos… pero su gran y admirado amor murió. Se le desató una fuerte pérdida de fe: la oración no vale, un Dios tan cruel no es Dios, me han engañado los que predicaban, ese Dios es cruel e injusto, luego no existe. Llega casi hasta la blasfemia.

Las desilusiones y fracasos son parte de la vida de familia, pues son parte de nuestra frágil existencia.  ¡Qué bueno que a fuerza de lágrimas amargas y furioso rechazo llegó a entender varias verdades! Que mi oración no es un dólar que le echas a la máquina y da la lata de soda. Que Dios goza de la petición, pero la concede de otras maneras tal vez más profundas y necesarias. Que la mejor oración es la del leproso: ¡Si quieres, puedes curarme! Bien sabe él lo mejor, sabe que algún día lo veremos así. La promesa de Dios se mueve por otro lado.

Dios no promete que la fe te hará rico, sino que en pobreza puedes ser feliz y pleno. No promete que tu fe será recompensada a tu manera, sino que en la oración no oída vendrán otros dones más celestiales. Dios no promete que tu fe será la que luego acepten y vivan tus hijos, sino que tu obligación es instruir, dar ejemplo genuino, y Él se encargará de lo demás y a su manera. Dios no promete que no sufrirás, sino que sufriendo puedes ser feliz y salir ganando. Dios no te promete larga vida por ser creyente, sino que tu fe profunda será la única larga vida que necesitas.

Hasta en la vida de fe parece queremos ser capitalistas. Como si fuese la ley del mercado: pagas con oración y recibes el producto. Dios no quiere que termines pensando que la divinidad se puede manipular como a veces un político corrupto para conseguir el voto favorable. Dios quiere hacerte ver que la única recompensa y éxito que concibes sea la única ni la mejor. Te recomienda como San Pablo: “a los que aman a Dios todo se les convierte en bien”. Y ese “todo” no es necesariamente el de tus planes y deseos.

Job también lo entendió a las malas. Tuvo que dudar y llegar incluso a la desesperación en medio del colmo de sus fracasos humanos. Lo dice en palabras que pueden iluminar a esa familia llorosa por los fracasos que no pudo evitar: ¿Quién soy yo para demandar al Creador, y querer saber mejor que Él lo conveniente en algún momento? Y repite en medio de su dolor y su llanto: ¡He pronunciado palabras insensatas! Y esa actitud final consiguió la felicidad que deseaba. Y la paz después de la tormenta. Como canta el creyente: ¡Puedes tener paz en la tormenta!

La misión matrimonial y la construcción de una familia no es tarea fácil. A veces parece “misión imposible” como para Tom Cruise. La llamada no es al éxito al instante, como si fuese café instantáneo de Yauco. Dios hará lo mejor y a su manera. La canción de Frank Sinatra solo Dios tiene derecho a cantarla: A mi manera. Que curiosamente la mayor parte de las veces no es mi manera. Me inspiraba aquel compañero sacerdote que, teniendo que presentarse a persona de importancia política para conseguir una limosna necesaria en su apostolado, escribía lo que deseaba pedir, lo ponía sobre su reclinatorio, oraba a Dios recordándole lo escrito allí, y luego salía a luchar por su petición. Esa quedaba allí para que la leyese Jesús en el Santísimo.

La promesa de Dios sobre el éxito de tu misión sacramental y tu familia se va a cumplir. Pero no necesariamente como tu la proyectas y planeas. Mi amiga lo entendió después de profundas rebeliones, que me hicieron llorar internamente al recordarme ese pasado. Job también lo aprendió. Ya lo dijo Isaías: “Mis caminos no son vuestros caminos, mis planes no son vuestros planes”. O también: “Yo soy Yahveh y no hay otro…”. En la preciosa parábola de Juan, el fracasado en sus tres peticiones totalmente justificadas a nuestro ver, entendió que Dios no es el papa Noel de los niños caprichosos, ni el abuelo mimoso manipulado por el nieto. Que Él solo quiere que ensayemos lo del leproso: “ahí está eso, y tu sabes que yo creo que lo necesito”.

Padre Jorge Ambert, SJ

Para El Visitante 

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