Dios nace entre nosotros

Dios no es un ser lejano. Es un Dios que habla, y su Palabra es entrañablemente cercana. Se ha hecho un niño y ha nacido en Belén. Durante siglos, había hablado por medio de profetas y había enviado Ángeles como mensajeros. Ahora nos ha hablado de otra manera: nos ha enviado a su Hijo. Y el Hijo es superior a todos los profetas y a los Ángeles. 

Es también lo que llena de entusiasmo a S. Juan, en el prólogo de su evangelio, la Palabra estaba junto a Dios -la palabra era Dios-, y la Palabra se hizo hombre y acampó entre nosotros. La Palabra, ya lo sabemos, se llama Cristo Jesús, el hijo de Dios, que desde la primera Navidad es también hijo de los hombres.

Dios nos ha dirigido su Palabra. Si entre nosotros puede tener tanta transcendencia el dirigirnos o no la palabra unos a otros, si nuestra palabra de amistad, de interés o de amor, puede significar tanto, ¿qué sería esa Palabra de Dios, su propio Hijo que ha querido hacerse uno de nuestra raza y está para siempre entre nosotros? No, no es el nuestro un Dios mudo y lejano, es un Dios cercano y que nos habla y su Palabra se llama de una vez por todas Jesús. Y desde entonces siempre es Navidad porque siempre está esa Palabra de Dios dirigida vitalmente a nosotros, en señal de amistad y de alianza.

Este es el misterio de la Navidad que hoy nos recuerda la liturgia y vuelve a llenarnos de alegría. Una palabra hecha persona, que es el Hijo mismo de Dios y por el cual Dios nos acepta también a nosotros como hijos. Acojamos a Cristo, Hijo de Dios y Hermano nuestro; que no se pueda decir de nosotros lo que Juan ha dicho de los judíos: “al mundo vino y el mundo no le conoció; vino a su casa y los suyos no le recibieron”. Por este Jesús, el Salvador, el mundo tiene esperanza. El futuro es siempre más prometedor que el presente. Porque Él es para siempre, Dios con nosotros.

Si, Dios se hace uno-con-nosotros, viene a visitarnos y compartir nuestra vida. Su luz ilumina nuestra historia para mostrar el camino que nos lleva a la salvación, a la fraternidad y al encuentro. Desde el pesebre Dios nos mira con rostro de niño, lleno de esperanza y vitalidad, diciéndonos “quiero crecer en tu familia, en tu comunidad, en tu vida”. Ese es nuestro Dios, un niño en pañales, que necesita nuestro esfuerzo para crecer y llegar a todos.

   Padre Obispo Rubén González

  Obispo de Ponce

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