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¡Y ella se dejó encontrar! Hoy es parte de la comunidad de Hermanas Clarisas del Monasterio Santa Clara ubicado en el pueblo de Cidra.

Su nombre es Sor María Pilar de Jesús Obregón Maquín, O.S.C., oriunda del Perú, y, actualmente, es la encargada de la promoción vocacional y de la formación de las nuevas vocaciones en el mencionado monasterio.

Creció en el seno de una familia católica y es la menor de cinco hermanos. Su padre, músico; su madre, ama de casa y en la cual vio, de forma especial, un testimonio de fe.

Sor María Pilar disfrutaba ir a la playa, viajar en moto, bailar, y se destacó siempre por ser una gran líder. En su adolescencia, mirando al futuro, soñaba con ser abogada, pero, con el tiempo, se dio cuenta que, en el plan de Dios, saldría en defensa de los demás intercediendo por ellos en la oración.

Con gran simpatía, la religiosa de 40 años de edad, contó, en entrevista con El Visitante, que siempre negaba la posibilidad de ser religiosa: “yo ni loca”, “eso no es para mí”, decía. Un día de catecismo, llegó sin estar preparada para el examen y resultó que llegaron las Franciscanas Misioneras del Niño Jesús para ofrecer una orientación sobre la vida religiosa. Sor Ma. Pilar, sólo para librarse del examen, dijo que le interesaba ir a la orientación. 

Desde entonces, continuó yendo a los retiros y convivencias “por las dinámicas, porque me gustaba bailar”. De modo que, su proceso de discernimiento y su inicio en la vida consagrada fue en esa congregación de vida apostólica dedicada a la educación y al cuidado de niñas huérfanas.

“Una vez ingresé, que tuve una experiencia más profunda de Dios, una relación íntima con Él a través de la oración personal y comunitaria, de la Liturgia de las Horas, la Santa Misa, la vida fraterna…a mí eso me llenó y supe que eso era lo que quería”.

Con las Franciscanas Misioneras estuvo cuatro años y, durante ese tiempo, ya intuía el anhelo de algo más. Estando con ellas, conoció a las Clarisas y, en su corazón, sabía: “esto es lo que realmente anhelo, lo que tanto buscaba, y sentía un gozo que no podía explicar”.

Antes de su primera profesión simple con las Franciscanas Misioneras, de quienes está muy agradecida, tomó la decisión de salir y, siete días después, ingresó al Monasterio de las Clarisas en Lima. Era el año 2004.

“Me impactó la vida de silencio y oración; fue como haber encontrado el tesoro escondido del que habla el Evangelio”, aseguró.

La alegría y el celo por su vocación, la tiene a flor de piel, así como la gratitud por sentirse llamada y escogida para este estilo de vida consagrada: “Dios me buscó. Sentí desde el comienzo que Dios era el que me buscaba y sabía que él no se iba a equivocar”. Por eso, aunque en un principio pensaba que la vida religiosa no era para ella, decidió arriesgarse, pues sabía que con intentarlo y procurar clarificar cuál era el deseo de Dios para ella, no perdería nada.

Hoy ya son 13 años de haber pronunciado sus votos solemnes y sabe que “el Señor me ha sostenido siempre con su gracia, con sus luces, manifestándose con poder, con fuerza y con gloria”.

Sor Ma. Pilar mostró una especial sensibilidad y deseo de ayudar a las jóvenes a discernir su vocación, pues considera que lo importante es saber a qué les llama Dios, y animarles a responderle con generosidad, independientemente del estado de vida que elijan, ya que no hay una sola vía para servir a Dios con santidad y descubrir “que Dios verdaderamente llena”. 

“En nuestro caso, que somos Clarisas, nos entregamos a Dios desde los pilares de nuestro carisma, que son: la vida fraterna, la pobreza y la oración. Tratamos de vivir, aun con nuestras limitaciones, eso a lo que el Señor nos ha llamado. Él nos ha escogido para cooperar con Él. Dios siempre quiere contar con nosotros y debemos responder a tanto amor y a tanta gratuidad”, puntualizó la religiosa.

Vanessa Rolón Nieves

Para El Visitante

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