La Octava de Pascua concluye confesando la fe en un Dios de eterna misericordia. Lo proclama la inusual invocación de la emotiva oración colecta; lo afirma el estribillo insistente del salmo de esta celebración (Sal 117) y lo remata la experiencia extraordinaria que tiene el Apóstol Tomás narrada en el trozo evangélico (Jn 20, 19-31).

Todo esto está sostenido por los pocos versos de la primera lectura (Hch 4, 32-35) donde se afirma categóricamente que entre los creyentes existía un solo corazón y una sola alma; acaso como la respuesta más precisa que se puede dar al amor y al testimonio de la resurrección que pregonaban los apóstoles. Desde el amor, explica Juan en la segunda lectura (1 Jn 5, 1-6), es que se comprende el triunfo de la fe. Vence quien cree; y quien cree ama. De esta manera se amplía el significado de la exhortación que da Jesús al apóstol Tomás a ser creyente. Entiendo que las palabras que el Maestro le dirige no han de mirarse como una reprobación; las vaciarían de sentido. Hay que mirarlas como una invitación a la experiencia del amor. Amor que no se agota, sino que es eterno.

El triunfo de la fe y lo ilimitado del amor, resultan ser los argumentos sustanciales de esta celebración. Así, concibo que no nos podemos cansar ni de repetir, ni de descubrir que la misericordia del Señor es eterna. Los textos lo insisten, queda de nuestra parte descubrirlo cada vez más.

Nos afirmaba el evangelio del pasado domingo que Cristo salió de su encierro al amanecer; en el texto de hoy hace salir a los apóstoles del suyo al anochecer. Cristo ha dejado el sepulcro abierto -con la piedra movida-, los apóstoles aún están encerrados. Toca a nosotros descubrir que la llamada “Iglesia en salida” no puede cerrar sus puertas; las calles y las casas de los marginados reclaman los ritos solemnes de la acogida y de la fraternidad. Reclaman que alguien les mire a los ojos y le diga: “eres mi hermano”.  El texto de hoy deja claro que a los apóstoles les ha podido el miedo de la crucifixión; a Cristo resucitado le motiva la osadía de comunicar plenitud de vida. Toca a nosotros descubrir que el cristianismo de hoy, como el de siempre, no puede tener por compañero de viaje el temor, la racionalización y los argumentos lógicos. Ha de llenarse de valor, abrazar la cruz de cada día y lanzarse a la comunicación ilógica de que tras la muerte se conquista la vida, de que muriendo se vive y de que humillándose se alcanza la gloria.

Cristo saluda con la “paz”; los apóstoles responden con la alegría. En Pascua no hay lugar para la tristeza, la desolación y los agobios. Éste es el día que hizo el Señor ha rezado el salmo. En Pascua ha de florecer la justicia y ha de reverdecer la conciencia de que hemos recibido un bautismo purificador (como recuerda la oración colecta de esta celebración) y eso es motivo de gozo. Cristo sopla su aliento y con su fuerza los apóstoles son enviados. Como los apóstoles, los cristianos de hoy, vuelven a estar llamados a la evangelización; a hacer de sus vidas, regeneradas por la fuerza del espíritu (como también señala la oración colecta), testimonios fieles y genuinos de la infinita misericordia. A los ocho días -como señala el Evangelio-, Cristo muestra las marcas de sus heridas y el apóstol incrédulo es invitado a creer; es decir, invitado a la experiencia del amor infinito.  El cristiano de hoy, tocando con sus manos el costado abierto del Señor resucitado y metiendo los dedos en los agujeros de los clavos, ha de sentirse interpelado a reavivar la fe, a contemplar a Cristo glorificado y a confesarle, del mismo modo que Tomás después de impactarse con su misericordia, como Señor y como Dios.

 

 

P. Ovidio Pérez Pérez

Para El Visitante

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