Dios con nosotros, misterio de amor

Cada 25 de diciembre la Iglesia y el universo cristiano celebran el Misterio de la Natividad, propiamente Misterio de la Encarnación del Verbo (Jn 1,14). Es uno de los acontecimientos más trascendentales en la historia de la humanidad. El nacimiento de Jesús en Belén de Judá es el cumplimiento de las profecías mesiánicas del Primer Testamento. San Lucas es el evangelista que nos relata sucintamente el hecho. 

   La Virgen María y San José viajan a Belén debido a un censo ordenado por el emperador Augusto. Nace en una cueva de la ciudad de David. Allí van a adorarlo los pastores a quienes el Ángel les anuncia su nacimiento. Por su nacimiento se cumple la promesa de Dios de enviar a su Hijo al mundo para redimir a la humanidad del pecado y ofrecer la salvación a todos los que crean en Él.  

 La Natividad tiene entre sus símbolos la humildad y la sencillez. Jesús nació en una cueva, rodeado de animales y en condiciones modestas, a pesar de ser el hijo de Dios.  Es un ejemplo para los creyentes de la importancia de renunciar a los bienes materiales y vivir en la simplicidad de lo necesario. 

 El Misterio de la Encarnación del Verbo.  Dios hecho hombre, es manifestación del amor incondicional de Dios hacia la humanidad. El padre eterno muestra su amor al enviar a su Hijo entre nosotros, padeciendo las dificultades y alegrías de la existencia humana. Jesús es el puente que une a Dios y los hombres, ofreciendo la posibilidad de una relación cercana, personal y filial con el padre Creador.   

 El nacimiento de Jesús representa, igualmente, el comienzo de la salvación y la esperanza para aquellos que creen en Él. Por su muerte y resurrección, Jesús nos da la oportunidad de alcanzar el perdón y la Vida Eterna a cuantos se acerquen a Él con fe. Se abre, con su advenimiento, la puerta de la esperanza en la vida eterna.   

 El amor y la misericordia infinita de Dios se han hecho visibles para nosotros desde que el hijo unigénito del padre se hizo presente en nuestra historia. Contemplando este misterio de su irrupción en nuestra realidad humana que supera todo límite terrenal y resplandece sobre la oscuridad del pecado el ser humano puede llegar a ser un testigo convencido y eficaz del amor de Dios por nosotros.  

Dios quiere nacer en cada corazón. Aún muchos no han vivido la experiencia de su amor. La celebración de la Navidad es ocasión para el reencuentro, la apertura del corazón al amor misericordioso de Dios. Un Dios que se hace cercano muestra su opción radical por el ser humano a quien quiere salvar ofreciéndole su perdón incondicional y su gracia salvadora.  

Los bautizados, llamados por nuestra adhesión a su misterio, a ser discípulos y misioneros, hemos de irradiar su ternura, compasión y amor a quienes nos rodean. Es nuestra misión acercar a todos a Dios, desde el testimonio de una vida coherente y desde el anuncio constante de su misericordia.  

En lugar de enfatizar los adornos, los regalos, las fiestas muchas veces sin sentido, vivir la Navidad en el encuentro fraterno, en la cercanía a los sufridos, en el compartir tiempo de calidad con quienes amamos.  

Muchos terminan este tiempo llenos de tensiones y agobios por gastos innecesarios y excesos en comidas y bebidas. Justamente por vivir lo contrario a lo que implica la auténtica navidad.  

Nuestra sociedad mayoritariamente es pagana en su modo de festejar. La Navidad es el nacimiento de Dios, y pareciera que el único no invitado a su fiesta es el protagonista. Enseñamos a los niños a fijarse en un personaje creado por la propaganda comercial, los llevamos a verlo en centros comerciales, pero no enseñamos a los mismos a contemplar a Jesús en el pesebre, a adorarlo con profunda reverencia.  

El mensaje del pesebre es de pobreza, sencillez, humildad. La paz que trae es fruto de vivir la simplicidad y sin vanidad. Cuando aprendamos a llevarlo a la vida desistiremos de contiendas y resentimientos que provoca el apego a las cosas y el afán de sobresalir y/o dominar.  

Será verdadera Navidad cuando tu corazón y el mío rebosen de gozo por llevarlo en el interior, por hacerlo vida en la donación a los otros, en el compartir su presencia en la oración y los sacramentos.  

En la Nochebuena, al filo de la medianoche podremos decir, feliz Navidad si Dios ha nacido en nuestro corazón.    

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