Del Adviento a la Pascua

El año litúrgico comienza con el Adviento. Este consta de cuatro semanas de preparación, culminando el 25 de diciembre con la celebración de la Natividad del Mesías, la encarnación. Tal y como nos presenta ACI Prensa, el término “Adviento” viene del latín Adventus que significa venida, llegada, es la venida del Redentor.

Cuando nosotros nos enteramos de que un familiar nos va a visitar, y se va a hospedar en nuestro hogar, comenzamos a pintar, limpiar y arreglar nuestra casa. Queremos que a su llegada estén cómodos, sea acogedora y la encuentren bonita y bien puesta. Lo mismo debemos hacer con nuestro corazón, debemos prepararlo para la llegada del Salvador. Ese tiempo de espera debe estar basado y preparado por tres acciones. La primera, debe ser intensa en la oración. Por medio de la oración entramos en comunicación y diálogo con Dios, entramos en el corazón de Dios. La segunda, debemos ayunar, por medio de eso tenemos nuestro autocontrol, y descubrimos las necesidades de nuestros hermanos. Y como tercero debemos vivir este tiempo en la caridad y en la limosna, de ese modo aprendemos a compartir de lo que tenemos, desarrollamos el ser empáticos, reír con el que goza y llorar con el que sufre.

El Adviento es ese tiempo de preparación para la gran celebración de la llegada de Dios, la encarnación, es decir, Dios que se hace visible para el mundo. Por eso San Pablo en la carta a los Filisteos nos dice: “El cual, siendo de condición divina, no consideró codiciable el ser igual a Dios. Al contrario, se despojó de su grandeza, tomó la condición de esclavo y se hizo semejante a los hombres”, (Fil. 2, 6-7).

El propósito de la encarnación es redimir lo que ha encarnado (humanidad), salvar la humanidad. Por eso en el Evangelio de Mateo el ángel le anuncia: “Dará a luz un hijo, y le pondrás por nombre Jesús, porque

Él salvará a su pueblo de los pecados”, (Mt. 1, 21). Dios llega al mundo, Dios encarna porque tiene una misión específica, que es la de pagar con su vida la remisión de nuestros pecados. Hasta el mismo Sumo Sacerdote, sin querer, llega a profetizar: “Conviene que un hombre muera por el pueblo, y no que toda la nación perezca”, (Jn. 11, 50-52).

El tiempo de Adviento no puede verse aislado de la Navidad, la Cuaresma y la Pascua. El Adviento y la Navidad, que es tiempo de espera, y de la llegada del Salvador lleva el propósito de salvarnos, por lo tanto, el Adviento tiene que verse en unión de la Pascua. Dios encarnó para salvarnos. “A quien no conoció pecado, le hizo pecado por nosotros, para que viniésemos a ser justicia de Dios en Él”, (Cor. 5, 21). Vivamos este tiempo con intensidad, no nos entretengamos con el colorido, los adornos, la propaganda, sino en la gran espera, pues el Mesías viene a salvarnos. ¡Feliz Navidad!

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