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El libro del Levítico nos presenta la legislación sobre cómo tratar con los leprosos, una legislación vigente en tiempos de Jesucristo, a pesar de tener más de mil años.

Nos habla San Pablo en la primera de Corintios, todos nosotros tenemos que ser ejemplo para los demás.

En el Evangelio de San Marcos se nos presenta otro de los milagros de Jesucristo el cual suscita la pregunta, ¿quién es Jesús?  La curación de un leproso.

La lepra: una enfermedad tan terrible, que los judíos creían que la misma era un castigo divino. La misma consiste en una infección causada por una bacteria, el Bacilo de Hansen. Esta enfermedad ataca a las terminaciones nerviosas, a las neuronas, que son las vías de comunicación entre el cerebro y el cuerpo, como una especie de sistema de cables. Al bacilo matar las células, se interrumpe la comunicación entre el cerebro y la falta afectada, creyendo el cerebro que esa parte ya no existe, y deja de mandarle alimento y oxígeno, muriendo esa parte en vida y, por consiguiente, muriendo.

Entonces esas partes del cuerpo afectadas comienzas a pudrirse estando uno en vida y la putrefacción continúa regándose por el cuerpo, hasta que la persona muere. Pero, no solamente eso; la enfermedad es altamente contagiosa e incurable. Por eso es que la primera lectura nos presenta esta prescripción, para evitar que la persona infectada contagie a los demás. Lo trágico de la enfermedad es que el enfermo es excluido, desterrado de la sociedad, de su familia, de su comunidad, y tiene que vivir como un alma en pena hasta que le llegue la muerte. Un leproso tenía que llevar una campanita, anunciando su presencia, para que todo el mundo huyera, le dejara el canto y así evitar el contagio. La película Ben Hur nos presenta lo trágico de esta condición. Por eso es que los judíos consideraban que la lepra era un castigo divino. ¿No nos acuerda esto las vicisitudes que tuvimos que vivir con el COVID 19?

Y he aquí lo grande del milagro de la curación de los leprosos en los evangelios, comenzando por este caso. Cuando el leproso, con su campanita, se acerca a Jesucristo, todo el mundo huye, y mira a distancia lo que está pasando. Ven que el leproso implora a Jesucristo, Jesucristo acerca y, con su mano toca al leproso, y los testigos del evento pensaron que era el final de Jesucristo, que se había contagiado, porque la lepra es un castigo de Dios y, por tanto, sólo Dios la puede curar. Pero, para sorpresa y vista de todos, la lepra desaparece, las llagas putrefactas se sanan, y la piel del leproso queda como la de un niño. Entonces viene de nuevo la pregunta que se suscita a lo largo del Evangelio de San Marcos: ¿quién es Éste que hasta puede curar una enfermedad asquerosa e incurable, castigo de Dios?  O mejor dicho, ¿quién es Éste que puede levantar un castigo de Dios?

Todos, en nuestras vidas, pasamos por momentos difíciles en que creemos que no hay salida, que no hay solución a nuestros problemas: enfermedad, drogas, desempleo, soledad, muerte. Sólo Jesucristo los puede solucionar porque tiene poder, porque es Dios. Pero tenemos que buscarlo, acercarnos a Él, arrodillarse ante su presencia y pedirle que nos cure, como curo al leproso.

Padre Rafael “Felo” Méndez

Para El Visitante