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Mi padre decía que el matrimonio es como el flamboyán: comienza con flores y termina con vainas. Muchos aprobamos con una sonrisa. Es esta mezcla de Quijote y Sancho, de ideal y realidad, presente en la condición humana. Pero es visión pesimista ponerlo así, dejar que la amargura y la desilusión de lo real apague el hecho de que lo real conserva también dulzura, si con mi mente la pongo y la veo.

El matrimonio es bello. Hay que afirmarlo una vez más, aunque a algunos le parezca una afirmación de fe inaudita. Las infelicidades que presentan algunos al casarse son el producto de ellos mismos. El matrimonio da felicidad, porque para eso lo inventó el Creador. ¿Por qué abundar en los chistes negativos? Sería como decirle al Creador que se equivocó, que solo tendió una trampa a sus hijos al crearlos sexuados y con el ansia de fundir su vida con la del otro.

Decía Sócrates que en el matrimonio pasa como con los peces y la red. Que los peces que están fuera quieren meterse dentro, y los que están dentro desean salir de allí cuanto antes.  ¿Pero se podrá llamar matrimonio de veras a esa situación? No es que seamos ingenuos pensando que la relación de convivencia continua en el matrimonio sea un pirulí. Existen tensiones. A un famoso actor de cine, con 40 años de vida matrimonial le preguntaron si no había pensado alguna vez en divorciarse. “No -respondió-, pero sí pensé muchas veces en estrangularla”.

El matrimonio es bello. Tiendo a pensar que el mayor don de esta tierra que puede Dios conceder es un buen cónyuge. Dice Salomón de la Sabiduría: “Me vinieron todos los bienes juntamente con ella”. Podemos aplicarlo a conseguir un buen cónyuge. Muchos bienes se desprenden de esa presencia en plenitud: es la que prolonga las cualidades del yo y le suma las propias.

El matrimonio es bello. Es bueno que los novios, prontos a casarse, escuchen el mensaje.  Que los que reciban la llamada divina a esta tarea la acepten sin reserva, con todas sus consecuencias. Hay muchos que rehúyen el compromiso pleno; se quedan solo en los encuentros sexuales fortuitos y egoístas. Se trata de matrimonio, para nosotros los creyentes, de sacramento, señal en este mundo de cómo Cristo ama a ese mismo mundo. Se trata de matrimonio: una relación fundada en un Sí con ribetes de absoluto, que no se pueden entender sin engarzarlo en lo divino.

El matrimonio es bello. Por eso se puede ofrecer a Dios, sacrificando el tenerlo. El celibato es un valor porque el matrimonio es bello. Digo el celibato no forzado, sino voluntario y consagrado. Dios le pidió a Abraham el sacrificio de su hijo, no de una oveja. Y a los que consagran su vida a Dios, amor total y eterno, les presenta esta forma de sacrificio: que comiencen a vivir aquí en la tierra la vida definitiva. Y lo pide precisamente porque el matrimonio es bello. Además, el verdadero célibe, aunque renuncia a ese amor conyugal, no puede renunciar al amor. Dejaría de ser cristiano si así viviese. Su fuerza amorosa comienza ya en esta tierra a rasguñar de algún modo lo que será la vida eterna. Allí, llegada la barca que no necesita fe, pues ve; ni necesita esperanza, pues llegó al puerto anunciado; se funde con el amor divino infinitamente pleno, bello, resumen de lo vivido en lo terrenal. Casado y célibe, por diversos caminos, han de lograr el plan divino. Pues, nadie puede realmente decir que vive, si no vive el amor. 

Padre Jorge Ambert, SJ

Para El Visitante