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Este es otro de los hábitos negativos en el matrimonio.  No solo en el; también en tantos momentos en que nos acorrala alguna decisión de importancia.  Lo típico en el matrimonio es que la decisión afecta a dos unidos con un lazo tan especial.  Y que la pareja debe llegar a acuerdos y decisiones, que no dependan de lo alegre o triste que sienta.

A lo que llama la atención este hábito es a no decidir según sopla el viento.  Porque los sentimientos son esa carga emocional que acompaña, como el frosting al bizcocho, los sucesos de nuestra vida.  Sin ponernos a pensar, hay sucesos que producen agrado, amor, alegría.  Hay otros que producen todo lo contrario.  Cuando Jesús se enfrenta a la pasión próxima en la oración del Huerto, sus sentimientos no eran de gozo.  Su alma se sentía entonces invadida del miedo, la ansiedad, la frustración, el tedio.  Es toda una losa de esos que llamamos sentimientos negativos que le abruma.  Lo que subraya esta reflexión es que la carga emocional, agradable o no, no puede ser la que incline la balanza para aceptar o rechazar algo.  La decisión se hace por razones, no por sentimientos

Enfocando a Jesús en el Huerto, si su decisión dependiese de la carga emocional del momento, saldría corriendo a otro lugar. De hecho, así se lo expresa al Padre: si es posible, pase este cáliz.  Jesús dice “dame otro plan, no este, para cumplir tu voluntad”.  Pero su decisión depende de lo que el Padre le pide.  Por eso “hágase tu voluntad y no la mía”. Decide por la voluntad del Padre.

No podemos tomar decisiones serias por lo que sintamos ante esa decisión.  Porque los sentimientos van y vienen, como la temperatura en el día.  A veces en la oración me siento consolado, experimento luces, la alegría de la fe.  Eso normalmente me conducirá a seguir orando en otra ocasión, para seguir chupando la miel.  He ahí el peligro, porque en otra ocasión caeré tal vez en el silencio de Dios, en lo que Ignacio llama la desolación, la frialdad, el desgano, la confusión, la sequedad.  Si me dejo llevar por el sentimiento dejaré de orar.  Hasta que aparezca de nuevo la alegría del encuentro.

Es frase de mucha sabiduría la que formula: “Amar no es un sentimiento sino una decisión”.  En el enamoramiento surge una serie de impulsos, atracciones, fascinaciones, dulzuras, incluso locura.  Bien describe el enamoramiento López de Vega en uno de sus sonetos.  Pero no puedo decidirme a amar a esa persona por la atracción fascinante hacia ella.  En este sentido dicen que el amor es ciego pero el matrimonio abre los ojos.  Superando los sentimientos, la decisión se sustentará en unas razones profundas, en la evaluación de lo que la persona tiene, sus valores, sus coincidencias o complemento con los míos.  Un matrimonio o incluso una consagración religiosa que se sustente en esas fuertes emociones de un baile o un retiro espiritual, puede conducir a un engaño.  Dicen que Lutero decidió la vida religiosa lleno de miedo ante una tormenta donde parecía perder la vida e irse al infierno.  Y entró como agustino para no condenarse.

En el matrimonio habrá momento de flores, como en el flamboyán, pero también de vainas.  Decidir casarme o seguir el matrimonio por flores y vainas es gran error.  La zapata son las razones profundas que me llevan a la decisión.  Luego agradezco la alegría del honey moon, si la hay, o supero las dificultades de la vida rutinaria, dolorosa, para mantener la familia o el perseverar con alguien que sigue siendo distinto a mí en gustos y valores.  Me quedo por esas razones.  No me largo, porque la piña está agria.

“Tengan los mismos sentimientos que Cristo Jesús, quien, a pesar de su condición divina, no hizo alarde de ser igual a Dios; sino que se vació de si y tomó la condición de esclavo” (Fil 2:4).

Padre Jorge Ambert, SJ

Para El Visitante

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