Me encantan los tríos.  Primero porque llevan letra, hay poesía.  No son como la música urbana (sorry) pobre, malsonante, difícil de encontrarle el “redeeming value”.  El trío conlleva melodía inspirada, acomodada a lo que la letra proclama.  El tema en la mayoría de ellos es el amor.  Pero tristemente, casi siempre es el amor pasional, pasión loca que ciega, con despecho ante el amor no correspondido.  Eso, sin querer queriendo, degrada lo que el genuino amor, como lo único que salva, significa en el lenguaje cristiano.

En algunos, sin embargo, reluce la cualidad de esta entrega cuando es total, y cuando busca no solamente lo suyo sino lo del otro.  “Una vez nada más se entrega el alma con la dulce y total renunciación, y cuando ese milagro realiza el prodigio de amarse, hay campanas de fiesta que cantan en el corazón” …, habla de esa relación que no fue fácil conseguir, pero que es la total.  La que lleva a la total entrega, de mi ser, y del tiempo que vaya a durar ese ser mío.  Es la nota del encuentro no para un fin de semana, sino para vivir la vida. “Se que soy el último romántico del mundo”, pues se pregunta, “¿Por qué si es la rosa la rosa y lo es desde siempre yo debo cambiar?”

Amor real que se pregunta, “si nos queremos, por qué hay tanta discusión”. ¿Por qué “aquel orgullo que llevamos puede más? “Si hay algo auténtico, “simplemente por amor aprendamos a decir yo te perdono”.  Eso auténtico es la razón para yo me olvido de tu error y tu del mío”.  Eso genuino, que sin duda manchamos por nuestras limitaciones humanas, anima a decir: “Hoy pongamos fin a esos celos infundados que hacen mal”. Pues cuando uno está seguro en poseer lo más, en haber topado y abrazado lo que es central para entender su vida y su quehacer, el enfrentar el fuego que surge al bosque por la resequedad, se apaga desde el cielo por una fuerza de lluvia que libera.

Este amor genuino, que ahora contemplamos, es el de la exclusividad, el del compromiso, el de ‘pa lo que venga’; el que te lleva a exclamar con verdad “Necesito de tu amor, porque aquello que pensé que pudiese de la vida disfrutar sin ti, no sé”.  Esa experiencia pico, como la que gozan los místicos, transforma lo que va pasando en la vida. Es el filtro de luz a través del cual cobra real vida lo que sucede fuera: “Mi amanecer es lindo siempre que conmigo estás.  Todo es mucho más bonito en la sonrisa que me das”.  Es el encuentro de la perla preciosa que te mueve a exclamar “Si la tierra necesita de la flor, yo igualmente necesito de tu amor” y “Tu amor es todo, es mucho más de lo que yo soñé”.

Opino que en el amor humano percibir lo que los buenos tríos poéticamente anuncian es como el momento de la iluminación. San Pablo, por don divino, lo experimentó cuando avanzaba hacia Damasco por deseo de eliminar a sangre lo que dañaba la experiencia de Dios del Judaísmo. Y aquella furia fundamentalista y fanática la ahogó en el Jesús Resucitado.  Su convicción del Resucitado es tan firme que exclama: Fil 3:7 “Pero lo que era para mi ganancia, lo he juzgado una pérdida a causa de Cristo.  Y más aún: juzgo que todo es pérdida ante la sublimidad del conocimiento de Cristo Jesús, mi Señor, por quien perdí todas las cosas y las tengo por basura para ganar a Cristo y ser hallado en el…

Manzanero en su “Adoro” lo reconoce, aunque con muchos repuntes del gozo egoísta, al decir: “Y es que eres mi existencia, mi sentir.  Eres mi luna, eres mi sol, eres mi noche de amor.’  Esa forma profunda de entender el amor humano lo ensenó de muchas formas el apóstol Juan en sus varias cartas.  Su mejor resumen sería afirmar: “Me amó, me amó primero, me amó sin condiciones, me amó hasta la marte, y muerte de cruz”.  Espero al cantautor que plasme esa realidad en verso y música.

P. Jorge Ambert, S.J.

Para El Visitante

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