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De tal palo, tal astilla

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Cuando un hijo toma la decisión de estudiar una carrera o toma una decisión correcta en su vida, ¡cuán feliz es el padre y la madre! Pero esa felicidad es aún mayor, es inmensa, cuando ese mismo hijo deja todo y hace una opción por Dios.   

Soy diácono permanente de la hermosa Diócesis de Arecibo. Para la Iglesia, para mi familia, como para mí, el 18 de mayo de 2012 nos encontrábamos en una gran fiesta, pues 32 hombres daban respuesta a Dios al llamado para servir a la Iglesia en la caridad desde el diaconado permanente.  En esa gran fiesta, recibimos la ordenación, por manos de nuestro Pastor y Obispo, Monseñor Daniel Fernández Torres. De este momento tan especial ya han pasado 10 años, y nuestra vida se ha llenado de entrega, servicio y amor.  ¡Cuánta alegría hay en la Iglesia y en las familias cuando cristianizamos los niños por medio del bautismo! ¡Cuánta alegría hay en la Iglesia y las familias cuando bendecimos las parejas en santo matrimonio!  ¡Cuánta esperanza hay en la Iglesia y en la familia cuando acompañamos a las familias ante la pérdida de un ser querido! Toda nuestra vida se ha llenado de la alegría de la Iglesia, y nuestras familias, como nos decía Monseñor Daniel en la homilía de aquel día, pasaron a ser, la familia, la esposa, los hijos del diácono. Nos convertimos en la familia diaconal, llamada toda a dar frutos y testimonio de la presencia de Dios en nuestras vidas.

Todo este regalo de Dios nos produjo gran alegría, pero la alegría más grande, la que no tiene comparación con otra, fue el día que mi hijo, el benjamín de la casa, el más pequeño, Jesús Emanuel, nos comunicó que él quería darse la oportunidad en discernir su llamado, y participar del seminario para descubrir su vocación al sacerdocio. Ya van cuatro años de iniciar esta gran aventura, que comenzó en el seminario San José en Pamplona, España.  Aún recuerdo en el mes de agosto del 2018, la Misa de Envío de los seminaristas, pues es en esa celebración que Monseñor Daniel con mucho entusiasmo y alegría anunciaba el ingreso de Jesús al Seminario diocesano. Cuatro años más tarde, y con Monseñor Álvaro Corrada Del Río como Administrador Apostólico de la Diócesis de Arecibo, Jesús Emanuel, mejor conocido como “Chuito” sigue comprometido y con alegría desbordante por seguir a Dios. ¡Qué gran esperanza vive la Iglesia cuando jóvenes dirigen su vida en una opción vocacional, sea el matrimonio, celibato, sacerdocio, o la vida religiosa!  Pues los jóvenes viven en un mundo competitivo en donde reina la incredulidad, el ateísmo moderno y el alejamiento de Dios.  Pero aún quedan los que quieren hacer la diferencia, y lo hacen por amor a Dios. 

 ¡Todo hijo es motivo de alegría para el hogar, pero que un hijo opte por Dios hace sobreabundar esa alegría!  Jesús Emanuel, desde los cuatro años fue manifestando que quería ser sacerdote. Por gracia de Dios y esta vocación del diaconado a la que Dios me ha llamado, le han servido de base y ejemplo para seguir mis pasos. Es tan emocionante ver que somos una familia en la que fructifica la vocación y me quedo corto de palabras para poder expresar el agradecimiento a Dios y el sentimiento que experimento. Esto ha sido una buena noticia para la familia, por consiguiente, para nuestro pueblo de Quebradillas, para nuestra Diócesis de Arecibo y para la iglesia en general.   ¿Cómo podemos compartir esta alegría?  Orando, para que este hijo de Dios, Jesús Emanuel, persevere, y pueda llegar a ser un santo obrero de la mies de Dios. Orando, para que de esas familias que viven testimoniando el amor de Dios susciten hijos que amen y se comprometan con la Iglesia y de ellas surjan vocaciones. 

D. Wilfredo López Mora “Jun”

y Judith Nieves Nieves

Para el Visitante

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