Contexto

Como dijimos el primer domingo de Cuaresma, este año las primeras lecturas de los domingos de este ciclo nos llevan por el camino de las alianzas que Dios ha hecho con la humanidad. Hoy vemos la de Moisés (Éx 20,1-17), en la que nos ayuda a reflexionar el Sal 18. Luego escuchamos algo de la enseñanza paulina sobre la sabiduría y escándalo de la cruz (1 Cor 1,22-25). Finalmente, dejamos un poco el evangelio de Mc para escuchar con más frecuencia, los domingos, el de Juan (Jn 2,13-25), y más adelante, a partir de la cuarta semana de Cuaresma, incluso en las ferias.

Reflexionemos

En el camino de la historia de la salvación y de las alianzas con Dios, el pacto con el Señor en Sinaí, del cual son signo los diez Mandamientos, es un momento culminante.

Dios quiere que todos nos salvemos (cf. 1 Tim2, 3s.) esa verdad fundamental se expresa también en la Ley o “Diez Palabras” que el Señor entrega a Moisés. Ante el pecado, del cual nos tenemos que convertir, reconocemos que la ley divina, no es sólo un precepto que nos cohíbe la libertad, sino todo lo contrario es: descanso del alma, instruye al ignorante, alegra el corazón, da luz a los ojos, es más precioso y fino que el oro y más dulce que la miel. (cf. Sal 18).

Ante esto, ¿cómo vamos a resistirnos en la Cuaresma (y siempre) a escuchar y meditar (alimentarnos abundantemente) la Palabra de Dios?

Alimentarnos con la Palabra es por tanto fuente de sabiduría y fuerza. Sólo en ella y por ella podemos captar el misterio de la cruz y resurrección de Cristo, en el que hemos sido sumergidos en nuestro Bautismo.

Así podemos comprender que el ayuno físico cuaresmal debe complementarse con la nutrición de la Palabra, como veíamos el primer domingo de Cuaresma.

La sabiduría y fuerza de la Palabra nos capacitarán para purificarnos, así como Jesús purifica el templo, sacando los vendedores y cambistas.

No es raro escuchar a algunos defender sus corajes, aludiendo a este pasaje del evangelio, pero nada más fuera de contexto que eso. La acción de Jesús no es el fruto de una rabieta, sino la expresión más patente de su celo (amor) por la santidad del Padre y de lo que a Él pertenece. Por eso el evangelista, con razón, anota: “Sus discípulos se acordaron de lo que está escrito: «El celo de tu casa me devora.»” (cf. Sal 68(69),10) ¿Acaso nuestros corajes pueden se acompañados de esa notita? ¿Me ofende cuando se ofende a Dios? ¿Me arrepiento de haber ofendido a Dios?

La Cuaresma, entre otras cosas, es tiempo de purificación interior. Esta perícopa no es para acusar a otros, ni para defender nuestros corajes, sino para mirarnos a nosotros mismos, que en el Bautismo (nuestra primera pascua) fuimos consagrados templos de Dios, y darnos cuenta de que a veces, este templo ha sido profanado, no por otros, sino por nosotros mismos. De ahí que uno de los fines de la Cuaresma, sea renovar la gracia bautismal, como lo haremos en la vigilia pascual, pero también lo hacemos acudiendo al sacramento de la Reconciliación.

Jesús manifiesta su indignación, pero también da a entender que Él es el nuevo y verdadero templo de Dios. Y de ese templo nosotros somos piedras vivas o deberíamos serlo (cf. 1 Pedro 2,4s). También el Bautismo nos integró a ese templo, ¿vivimos de acuerdo a esa realidad de nuestro ser cristiano?

A modo de conclusión  

Por medio del Bautismo, la Confirmación y la Eucarística hemos sido incorporados al misterio pascual de Cristo. Renovados por su cruz y resurrección. Hechos nuevas criaturas por la alianza nueva y eterna que se renueva en cada Eucaristía para seguir edificando la Iglesia, cuerpo de Cristo.

Nuestro camino cuaresmal, ¿nos está ayudando a adelantar o profundizar en la senda de ese misterio? Si la respuesta es afirmativa, vamos en camino de plenitud.

 

Mons. Leonardo J. Rodríguez Jimenes

Para El Visitante

 

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