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La cruz, tormento inhumano de muerte en el mundo temporal del Verbo Encarnado, se convierte ahora en señal de victoria sobre todo tipo de maldad. Es la Cruz de Cristo, pero con Él también las innumerables cruces de nuestro mundo.  Pensar en eso esta Semana Santa, cuando nos rodea por todos lados la muerte de la guerra. Razón tenía el Papa cuando pronunciaba que “ya comenzó la Tercera Guerra Mundial, pero en cantitos”. Más de diez focos de guerra real en el mundo.  Nos impresiona más lo de Gaza. ¡Qué Cruz grande sobre creyentes de un Dios que no contempla de nuestra manera la cruz de Cristo! ¡Qué cruz absurda sustentada en la promesa divina de que se es el pueblo preferido y los demás, por tanto, son basura! ¡Y que incluso los niños no se salvan porque (dictaminan ellos) serán futuros terroristas en nuestra contra! 

El dolor humano prosigue, mientras nos acerquemos a la muerte, como parte de nuestra condición humana. Todos sufrimos, algunos ya acostumbrados a ello, otros en dolores insoportables, o peor, en desesperación, o terminando con el suicidio.  La solución de esa maldad que nos acompaña por nuestra condición terrena se supera cuando esa tu cruz se suma a la de Jesús. Cambiar la ignominia de la cruz en la victoria que inaugura nuestro Maestro. Y a lo que se invita cuando le contemplamos dejando chorros de su vida humana durante tres horas, para terminar dejándose arrancar el corazón expuesto ante todo el mundo como símbolo maravilloso.

Poner nuestra cruz al lado de la de Jesús, ese es el reto. San Ignacio nos anima a suplicar como don el sentir “dolor con Cristo doloroso, quebranto con Cristo quebrantado, lágrimas, pena interna por tanta pena sufrida por Jesús”. Poder proclamar como aquel enfermo con doloroso cáncer: Si es el tu amor el que me guía en dulzura o amargor, que me importa a mi la vida, ¿qué me importa a mi el dolor, si es tu voluntad, Señor? O como San Alberto Hurtado, postrado por doloroso cáncer de páncreas, al recibir la consabida pregunta cómo está: “Contento, Señor, contento”.

Don de la vida espiritual avanzada, y como colmo en este seguimiento de Jesús como Maestro y guía, es recibir como gracia el sufrir agravios y rechazos como él recibió. Es el coloquio de una de las meditaciones Ignacianas: “ser recibido bajo tu Cruz”, “hago la oblación de aceptar injurias, agravios, vituperios, solo que no sea por pecado propio, o causando el ajeno, para desear imitar a nuestro divino Salvador tan lleno de ellos”. Es petición que se suplica como don divino, no como resultado de diestro faquir.

Consciente hoy día de ataques fuertes que recibe el Papa Francisco de parte de laicos devotos o sacerdotes entregados, algunos acusándolo de cismático o hereje, Papa falso… me pregunto si el Señor no le estará concediendo a nuestro Papa lo que estoy seguro suplicó en muchos retiros espirituales. Hablando de gente buena, e incluso docta, que vituperan al Papa, contendía un buen teólogo: “se parecen a los fariseos que espiaban cualquier movimiento de Jesús para acusarlo de blasfemo y pecador”. Al leer en los escritos personales de Mons. Antulio Parrilla, que él se consagró con un voto de víctima una y otra vez, concluyo que alta era su espiritualidad. Voto de víctima, que yo sé que cumplió, consistente en no defenderse, ni rehuir acusaciones o decisiones dolorosas contra él, como forma de vivir la Cruz de Cristo.

Semana Santa, para en una alquimia espiritual convertir tus dolores, fracasos, decepciones, rechazos… que son reales, en la Cruz real de Jesús. “Dulce leño, dulces clavos, con que da Jesús la vida”. 

P. Jorge Ambert, SJ

Para El Visitante