En varias ocasiones el Papa Francisco ha recomendado tres palabras como claves en la relación matrimonial: gracias, por favor, perdón. El ‘gracias’ es palabra que reconoce favores recibidos, y también que admira la bondad del que concedió el favor. El ‘gracias’ exalta a la persona que favoreció y al mismo tiempo sublima al que produce esa palabra. Por eso, ante Dios la mejor actitud es la del samaritano curado que agradece. Es curioso que, en las relaciones humanas, casi siempre lo que primero nos sube a los labios es la palabra de fallo. Vemos primero el agua que le falta al vaso. Cuando esa realidad es la que predomina en la relación de la pareja, entendemos porqué un matrimonio mal llevado puede resultar en la peor tortura china. Es la actitud de desdeñar al otro, humillarle, restregarle en la cara sus inadecuaciones, recordarle su imperfección y debilidad. Es el niño que llega alegre tirando puertas porque obtuvo A en el examen, y el padre le regaña por el portazo. No es fácil, entonces convivir en esas circunstancias.

 

No somos ingenuos. Hay momentos en que el otro o la otra muestra unas carencias irritantes. Es caridad dejarle saber lo que le falta, o lo que me injuria o malogra su acción. Pero los tratadistas presentan una mejor manera de llevar ese mensaje, que no sea la explosión airada ante la insuficiencia del cónyuge. Hablan de que se envíe el mensaje completo. Porque en el vaso hay agua, no está vacío.  Es el caso de la esposa muy molesta por las tardanzas injustificadas y continuas del esposo, que a ella le resultan en más cargas. El mensaje más completo fue el siguiente;

Ella: “Querido, yo tengo que reconocer tu entrega fatigosa al trabajo para que en nuestra casa no falte lo necesario. Reconozco que ese trabajo resulta para ti muy estresante y que desees buscarte compensaciones al salir del taller. Reconozco que tu pensamiento siempre ha sido mejorar la situación de todos nosotros en este hogar.

 

También debes reconocer que yo me estoy dando por completo a este nuestro nido. Aquí paso el día donde siempre estoy corriendo de un lado a otro por ordenar las cosas de la casa, el llevar nuestros niños a sus distintas tareas, trabajos que tú sabes son reales y que me tocan a mí mientras estás en lo tuyo. Reconozco que hay un mí un deseo profundo de tu compañía, porque me llena estar contigo, y porque tu compañía alivia las tareas que me tocan.

 

Tengo que reconocer que me he sentido violenta a veces con esa situación y que no te la he expresado con las mejores palabras; mis gestos ante ti no han sido los más amorosos en esos momentos.  Reconozco que mi actitud no te ha sido ayuda para expresar tus mejores deseos para con nuestro hogar.

 

Pero te pido que hagas un gesto mayor en llegar antes al hogar para no sentir que todo me toca a mí exageradamente. Por muchas razones nos haces falta con nosotros, aunque muy cansado de lo tuyo, y te busques compensaciones adicionales, que comprendo se te den, pero que a mí ya me están sacando de quicio”.

 

A esas expresiones los tratadistas le llaman “autocrítica”. No se dispara primero lo malo del otro, sino que esa situación defectuosa se encuadra en otras que son positivas de ambas partes. La comunicación sobre ese punto es más completa. Se logra mejor la atención de la persona, para que entienda lo importante que es lo que le pido. Priva más el reconocimiento agradecido que la crítica impulsiva. Enseñaba San Pablo a la comunidad de Efeso: “Enójense, pero sin pecar: que el enojo no les dure hasta el término del día. No salga de sus bocas ninguna mala palabra, sino palabras buenas que edifiquen cuando es necesario. Arranquen de raíz entre ustedes: los disgustos, los arrebatos, el enojo, los gritos, las ofensas y toda clase de maldad” (Ef 4, 26 ss).

P.Jorge Ambert, S.J.

Para El Visitante

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