Al hablar de criminalidad los predicadores y sociólogos acosan a la familia como chivo expiatorio. “Todo viene del hogar, se dice. Los delincuentes futuros están por ahí realengos en la calle, sin que sus padres los atiendan.” Hay verdad en el aserto, pero no mucho de verdad.  ¿A cuántas familias, buenas, de principios y exigencias, conscientes ante Dios de que en lo básico no fallaron en su tarea, no les ha ocurrido que un hijo les salga vicioso, o irresponsable en su matrimonio?

No podemos echarle la culpa de todo a la familia. El crimen, como vamos observando, es un río con muchos tributarios. Si el hogar cumple su tarea, pero la calle está durísima, estamos remando contra corriente.  Si la vivienda es inadecuada e insegura, ¿qué hará la familia? Cuando falta económicamente lo básico, no hay empleo, o ambos cónyuges salen ‘a buscárselas’, la culpa resultante no será únicamente de ellos. Si los medios de comunicación siguen entronizando un estilo de vida fundamentado en lo glamoroso, cuesta arriba se le hace a la familia su tarea. Si la escuela no pone controles, ni utiliza la ayuda valiosa de trabajadores sociales escolares y sicólogos, la familia será como boxeador con un brazo atado a la espalda.

A esto se añade que hoy día la familia ideal según el libro (papi, mami, y dos nenes) no es lo más abundante.  Hay muchísimos núcleos familiares con solo la madre divorciada al frente, o con la abuela como apoyo y punto de referencia.  No culpemos solo a la familia. Ya no podemos hablar de que esta conforma la sociedad, como la célula el cuerpo vivo.  También la sociedad crea el tipo de familia que la va a alimentar. Hay una construcción sistémica en que el todo -la sociedad- no es simplemente la suma de las partes.

Esto aclarado, ¿qué le podemos exigir a la familia para sanear el ambiente?  Primero, y como condición para la lista de mandamientos que le tiramos encima, convendría antes o simultáneamente brindarle a la familia un ambiente social -un escenario- con más normalidad. Así ella podrá empujar su carrito sin que alguien esté por otro lado apretando la emergencia. Aquí entra el trabajo de la policía, pero esto también es harina de otro costal: ¿más eficiencia contra el crimen, despenalizar la droga? 

Entra aquí el rol de la familia en la sanación de patrones delictivos que viva su papel de desarrolladora de valores. Cito al desaparecido Mons. Mendoza en un antiguo y iluminador artículo.  

“Tenemos que revisar nuestra vida personal y familiar, nuestras prioridades, nuestras costumbres, nuestros valores, nuestro modo de educar los hijos.  Hay que poner espíritu y disciplina en nuestros hogares, reforzar nuestro sentido de dignidad personal, tanto en nosotros, como en nuestros hijos.  Hay que acrecentar nuestro sentido de responsabilidad frente a Puerto Rico y su futuro y lograr que nuestros jóvenes se sientan responsables de su pueblo, que amen sus costumbres y su cultura, sus principios y valores.” 

 

Pero de esto hablaremos en otro momento.

P. Jorge Ambert, S.J.

Para El Visitante

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