Corazón de Jesús, ¿sólo sólo manso y dulce? (Domingo XII del Tiempo durante el año, Ciclo B)

Contexto

Después de varias fiestas litúrgicas pospascuales, retomamos los domingos del Tiempo durante el año, en los cuales palpamos la presencia divina en la cotidianidad, por ej. en el cuidado de un huerto o en la naturalidad de los árboles silvestres (domingo pasado). Hoy nos encontramos con el Señor en lo misterioso e la impetuosidad de los mares (Job 38,1.8-11; Sal 106; Mc 4,35-40). Estas enseñanzas siguen complementándose con la lectura pausada de 2 Cor (hoy: 5,14-17). 

 

Reflexionemos 

El proceso de elegir las lecturas dominicales comienza por el Evangelio, luego se busca en el A.T. algún pasaje en relación con el texto evangélico. 

 

Recordamos como el año pasado, en medio de la crudeza del inicio de la pandemia, el Papa Francisco usó esta perícopa evangélica y la acompañó con su reflexión en la solemne y “super” sobria celebración que precedió la bendición urbi et orbi, pidiendo por la humanidad que atravesaba los primeros meses de esta dura prueba. Valdría la pena releer o volver a escuchar aquel sermón. 

 

El pasaje veterotestamentario que se escogió como complemento es del libro de Job, un libro en el que, como sabemos, la angustia por el dolor, su sinsentido y la dificultad para entender porqué sufren los justos atraviesan todo este libro sapiencial, que trata de responder esas interrogantes de la vida. 

 

Todo encuentra respuesta en Dios, aunque de diversas maneras e intensidad. A Job se le invita a contemplar la creación y descubrir en ella la mano de Dios, que sin duda está detrás de todo, incluso de lo adverso, aunque no lo entendamos. 

 

Por otro lado, el Sal 106 invita a recordar las maravillas realizadas por el Señor y su dominio de la creación, en particular de las olas y los vientos, como un anticipo casi literal de la experiencia de los Apóstoles en el mar de Galilea. Ante el terror que expresan éstos, algunos de ellos pescadores, a Jesús, la respuesta del Señor es tremenda, pues es un regaño: “¿Por qué son tan cobardes? ¿Aún no tienen fe?”. La dureza de la reacción de Jesús nos interpela seriamente. Recordemos que también la respuesta de Dios a Job es fuerte. Casi nos estremece más la reacción del Señor, que la dureza de los sufrimientos de Job y el susto de los Apóstoles en la tormenta. ¿Cuál es nuestra reacción ante esto? Nosotros que a veces tenemos una imagen muy dulzona del Señor, incluso lo repetimos mucho en junio: ¡Señor dame un corazón manso o dulce como el tuyo! Esta jaculatoria no es falsa, pero creo que debemos cuidarnos un poco de limitar el corazón de Jesús a su dulzura y mansedumbre. Sin duda en el corazón del Señor están todas las virtudes y buenas actitudes, por ello no sólo debemos pedir aquellas dos, sino todas las que sean necesarias según las circunstancias. Sí, Jesús, dame un corazón como el tuyo, pero con todo, no sólo con dulzura sino con todo lo que necesito: fe, confianza, fortaleza, reciedumbre, firmeza, fidelidad, lealtad, etc. 

A esto aplica lo que nos dice S. Pablo, no juzgamos a Cristo según criterios humanos o sólo según lo que nos gusta. De hecho, oímos al Apóstol que nos dice: “Nos apremia el amor de Cristo, al considerar que, si uno murió por todos, todos murieron. Cristo murió por todos, para que los que viven ya no vivan para sí, sino para el que murió y resucitó por ellos.” Si tenemos un corazón como el suyo tenemos que sentir también esa urgencia de evangelizar, de “ponernos en salida”, de salir a servir, de vencer los miedos, la comodidad, etc. porque ese corazón es un horno ardiente de caridad que no nos puede dejar indiferentes, ya que murió por nosotros y no nos podemos quedar como si nada hubiera pasado.

 

A modo de conclusión

En este mes que recordamos y celebramos el Corazón de Jesús, pidamos al Señor que renueve nuestros corazones y los configure el nuestro con el suyo. 

 

Mons. Leonardo J. Rodríguez Jimenes

Para El Visitante

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León XIV: «Sin familias fuertes, el mundo no tiene futuro»

En el décimo aniversario de Amoris laetitia, el Santo Padre destacó la importancia del amor conyugal, la educación de los hijos y la oración en familia como fundamentos de una sociedad más humana y solidaria. Ciudad del Vaticano, 14 de octubre de 2026. — El papa León XIV reafirmó el papel fundamental de la familia en la construcción de una sociedad cimentada en el amor, la solidaridad y el respeto por la vida, durante la celebración eucarística que marcó la clausura del encuentro conmemorativo del décimo aniversario de la exhortación apostólica Amoris laetitia, publicada por el papa Francisco. La homilía, preparada por el Santo Padre, fue pronunciada por el cardenal Luis Antonio Tagle durante la Santa Misa celebrada en la Plaza de San Pedro. León XIV no pudo presidir la celebración debido a su recuperación tras la intervención quirúrgica pulmonar realizada el martes en el Hospital Gemelli de Roma. En su reflexión, el Pontífice destacó que el matrimonio cristiano constituye una vocación al amor que se construye diariamente mediante la entrega mutua, el respeto y la gracia de Dios. Recordó que la verdadera alegría del amor matrimonial no consiste en perder la identidad personal, sino en crecer juntos, permitiendo que cada esposo encuentre en el otro un apoyo para desarrollar plenamente su vocación. Asimismo, subrayó la necesidad de fortalecer la preparación de los jóvenes para el matrimonio, insistiendo en que la educación para el amor comienza desde la infancia. Aunque reconoció el valor de los programas de preparación matrimonial que ofrecen las parroquias, advirtió que estos deben estar acompañados de una formación integral en las virtudes, la responsabilidad y el compromiso. El Papa también resaltó que el hogar constituye la primera escuela del amor, donde los hijos aprenden, mediante el testimonio de sus padres, el significado de la entrega, el perdón y la fidelidad. En este sentido, reconoció el esfuerzo cotidiano de tantas familias que, aun enfrentando dificultades, perseveran en su misión con generosidad. Otro de los aspectos centrales de su mensaje fue la necesidad de consolidar una Iglesia que sea verdaderamente una «familia de familias», capaz de acompañar a los matrimonios jóvenes, apoyar a los padres en la crianza de sus hijos y reconocer la sabiduría de los adultos mayores. León XIV insistió particularmente en que las familias que atraviesan situaciones difíciles deben encontrar en la comunidad eclesial acogida, comprensión y acompañamiento, libres de prejuicios y actitudes condenatorias. De igual manera, recordó que la familia desempeña un papel insustituible en la transmisión de los valores cristianos y en la defensa de la dignidad de la vida humana, desde la concepción hasta la muerte natural. Finalmente, el Santo Padre exhortó a recuperar la práctica de la oración compartida en el hogar, señalando que esta costumbre se ha debilitado considerablemente en distintas partes del mundo. Destacó que la participación en la Eucaristía dominical, los sacramentos y la oración familiar fortalecen los vínculos afectivos y permiten afrontar unidos las dificultades de la vida. Con este mensaje, León XIV renovó el llamado de Amoris laetitia a reconocer a la familia como una comunidad de amor, esperanza y fe, cuya misión resulta esencial tanto para el futuro de la Iglesia como para el bienestar de toda la sociedad. Fuente: Vatican News. 

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