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Con el Domingo de Ramos comienza la Semana Mayor

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Cuando era niño pasaba con mi familia la Semana Santa en Luquillo. Allá los abuelos tenían una casa frente al mar. No todo era fiesta. Íbamos sin falta a las Liturgias en la Iglesia San José. Como allí no teníamos televisor, también íbamos a ver películas sobre la Pasión de Cristo en el cine de la plaza del pueblo, aledaño a la Iglesia y la Casa Alcaldía.

Curioso, una noche, saliendo del cine le pregunté a papá: ¿Por qué la llamaban María Magdalena? Me respondió: Porque era de una ciudad llamada Magdala. Nunca olvidé esas palabras. Papá hizo referencia a una cita bíblica: “Algunos letrados le pidieron un signo del Cielo, sin embargo, Él se montó en la barca y se dirigió a la región de Magdala”, (cf Mt 15, 39). 

Por años me preguntaba: ¿dónde estaba localizada Magdala? En la Liturgia del Domingo de Ramos, San Lucas (cf 19, 35-40) nos propone una visión hermosa: Jesús se monta en un burrito para entrar en la ciudad de Jerusalén (19, 35). Ya lo había anunciado Zacarías (cf Zac 9, 9; Mt 21, 5). Ese hilo conque se fue hilvanando la historia del Mesías es maravillosamente clara y continua. Sin embargo, algunos no lo asociaron, o tal vez desconocían en aquellos tiempos las profecías sobre el Mesías.

Jesús bajaba desde el Monte de los Olivos, como lo pudimos hacer a pie mi esposa y yo con tantos queridos amigos. Allí frente a nosotros veíamos los antiguos muros de Jerusalén, como los vieron ellos hace 21 siglos. Los discípulos que creían en Jesús, que habían sido testigos de sus milagros, estaban eufóricos al ver al Mesías y gritaban: «¡Bendito el que viene en el nombre del Señor! ¡Paz en el cielo y gloria en lo más alto de los cielos!» Esto me recuerda tanto a lo que oyeron los pastores en los cantos angelicales del pueblito de Belén (cf Lc 2, 15) ¿Ven el hilo conductor?

Algunos fariseos que se encontraban entre la gente dijeron a Jesús: «Maestro, reprende a tus discípulos.» Pero Él contestó: «Yo les aseguro que, si ellos se callan, gritarán las piedras.» 

El relato de los hallazgos de las piedras de la ciudad de Magdala hizo realidad la frase de las piedras gritando para mí. En el siglo XX en un terreno que estaba bajo la Custodia Franciscana, miembros del “Studium Biblicum Franciscanum” encontraron un puerto en el área de Galilea que databa de los periodos helenístico y romano donde se imaginaban por tradición que debía estar la ciudad portuaria de Magdala. Allí hallaron unas termas romanas, varios baños rituales judíos y lo que se pensó era una sinagoga. 

Ya en 2006, la Autoridad de Antigüedades de Israel inició unas excavaciones en el área y confirmaron que ese asentamiento coincidía históricamente con Magdala. Dijeron que dicha ciudad comenzó a construirse entre los siglos II y I a. C. y finalizó durante el siglo iii d. C. Confirmaron además que aquel edificio era una sinagoga; la más antigua de la región. Allí se encontró la “Piedra de Magdala”, que tiene tallada una menorá de siete brazos.

Interesantemente, las piedras gritaron. Los arqueólogos comprobaron en las piedras lo que ya sabíamos. Las piedras hablan durante el silencio políticamente correcto de nuestra sociedad actual. Por dejadez, prudencia, relativismo u hostilidad hemos callado la historia de Jesús como Mesías, nuestro Salvador. Hablemos de nuestra fe. En esta Semana Mayor proclamemos que Jesús es nuestro Rey. Alabémoslo. Nos está esperando en los Sacramentos, asistamos. Lo vemos en los pobres, marginados, enfermos. Hagamos la caridad. 

Vamos todos a adorarlo. Recordemos que estuvo solo en el Monte de los Olivos lleno de angustia. Los Discípulos se quedaron dormidos (cf Mc 14, 40). La Basílica de Getsemaní contiene la piedra donde sudó sangre (cf Lc 22, 44). Acompañémoslo este Jueves Santo en el solitario Monumento del Altar. Que no se adormezca tu fe. Lleva 20 siglos encerrado en el Sagrario esperándonos por amor. Vayamos a visitarle, aunque estemos cerca del mar. Lleva tus hijos y nietos, como hicieron conmigo mis padres y abuelos. No hay mejor catequesis. Deseo que en esta Semana Santa el Señor cambie nuestro corazón de piedra por un corazón de carne, como profetizó Ezequiel (cf Ezeq 11, 19). Así tendremos un corazón que lo alabe con amor por siempre.

Dr. Natalio Izquierdo

Para El Visitante