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Comenzamos la liturgia con el rito de la bendición de las palmas y la lectura del Evangelio de San Marcos o San Juan (se puede escoger cualquiera de los dos, con sus dos distintivas aproximaciones) y una pequeña homilía.

La primera lectura del Profeta Isaías nos presenta los cánticos del Siervo de Yahveh, de manera muy pasmosa, los sufrimientos de Jesucristo alrededor de 600 años antes de su muerte.

La Carta a los Filipenses nos presenta su Cántico, en el cual San Pablo exalta la grandeza de Jesús, cuando se abaja para salvarnos.

El Domingo de Ramos del Ciclo B nos presenta La Pasión de Jesucristo, según San Marcos, que nos describe vívidamente, los sufrimientos de nuestro Señor.  

Κατάβασις (katábasis), es una palabra griega que significa abajamiento, descenso, humillación. Es la palabra que utiliza San Pablo en su Cántico de la Carta a los Filipenses, para describir lo que Cristo hizo para salvarnos. Esa katábasis, esa humillación, no es solamente la que Jesucristo sufrió en su Pasión, sino el mismo hecho de haber descendido de su gloria en el cielo, en donde era servido por los ángeles, en su trono de gloria, para convertirse en un ser humano capaz de sufrir, con todas las limitaciones y necesidades humanas. Esa humillación de su dignidad de Dios la llevó a la misma consecuencia de ser capaz de ser lastimado, herido y, como lo fue eventualmente, asesinado de la forma más vil. Ya el sólo hecho de ser uno como nosotros es una humillación, una katábasis.  

El Profeta Isaías nos describe todos los sufrimientos que Jesucristo soportó para nuestra salvación. Resulta pasmoso cómo el Profeta describe todo ese sufrimiento y humillación. Este testimonio es muy valioso porque complementa lo que nos dice los evangelios, que se limitan a decir que fue azotado y coronado de espinas, pero no nos hablan de la intensidad de esos sufrimientos. Tuve la oportunidad en Jerusalén, de ir al “Lithrostos” (piso de piedra), el lugar en donde Jesucristo fue azotado y coronado de espinas. Después de 2,000 años se sigue sintiendo en el lugar una profunda tristeza, pero no una tristeza de desesperación, sino un gran deseo de uno sentarse a meditar y hasta llorar por los pecados de uno mismo, contrastados por el gran amor de Dios en su Hijo Jesucristo.  

Pero ese sufrimiento, Jesucristo lo abraza de manera voluntaria y esa es su segunda katábasis: la muerte de Cruz. Cuando seguimos la lógica del Evangelio de San Juan, Nuestro Señor fue a Jerusalén varias veces, en las celebraciones religiosas; en todas ellas llegaba de manera incógnita, sin que nadie se diera cuenta y, en medio del gentío, cuando la celebración se encontraba en su apogeo, Jesucristo se manifestaba, hacía un milagro, discutía con los sacerdotes y, cuando lo trataban de matar, desaparecía porque no era “la Hora de su Gloria”, como diría San Juan Evangelista. Pero, en esta vez llega alborotando, montado en el burrito, manifestando su mesianismo y dejándole saber a sus enemigos que estaba en Jerusalén, para que sus enemigos se pudieran organizar, cogerlo preso y asesinarlo seis días después en la Cruz. Por haber estado dispuesto a sufrir su Κατάβασις (abajamiento), Dios le dio su Aναστασις (elevación) por encima de todo.

Padre Rafael “Felo” Méndez

Para El Visitante