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Cuando los organismos mundiales dedicados a la salud declararon el fin de la pandemia, intentamos normalizar nuestra convivencia social de la mejor manera. Las relaciones y la dinámica de la vida nunca serían como antes. Hubo cambios en todos los niveles de la sociedad, que transformaron el comportamiento y la forma de conceptuar el mundo. Uno de los grupos sociales más vulnerables durante el COVID-19 fueron los adultos mayores con diagnósticos mentales o físico dependientes. Junto a ellos, también sus cuidadores experimentaron deterioro en su salud. La poca disponibilidad de los servicios de salud contribuyó al detrimento de la misma en estas poblaciones mayores. 

Nuestra realidad puertorriqueña muestra cifras en aumento en la población de los adultos mayores de 60 años o más, frente a otras poblaciones. Esto implica que nuestras comunidades parroquiales en su mayoría están compuestas por adultos mayores. Hay libros que orientan para un “buen morir” y otros relacionados al envejecimiento, sus aspectos psicosociales y espirituales. No obstante, como ministros consagrados hemos tenido que elaborar nuestro propio manual de acompañamiento para los feligreses mayores. Ha sido complicado buscar referencias bibliográficas de manuales de acompañamiento pastoral para ellos. 

Fue el contacto directo y el escuchar atento a mis hermanos mayores lo que me permitió descubrir un mundo fascinante. Éste fue un proceso pastoral y espiritual, guiado a la luz de la Palabra de Dios y de los signos de los tiempos para convertirme en puente para todas las personas que con sinceridad buscan a Dios. 

Muchos adultos mayores enfrentan un camino de soledad, abandono, explotación y maltrato por parte de los suyos o de instituciones. Otros, gozan del afecto y el cuidado esmerado de sus familiares o personas cercanas a ellos. Donar nuestro tiempo y compañía es uno de los mayores regalos y beneficios que podemos dar a nuestros hermanos de la tercera edad. 

Entre los beneficios percibidos en nuestra relación con los adultos mayores está el desarrollo de la empatía. Ellos viven la soledad de una manera diferente de las demás poblaciones. Esto se vincula con la disminución de independencia en las actividades por problemas de movilidad física y transportación; pérdidas y duelos y familiares o amistades ocupadas en sus tareas personales o que se encuentran lejos. Los adultos mayores tienden a comprender con mayor paciencia sus propias faltas y limitaciones, así como las de los demás. Evitan juicios lacerantes que pudieran provocar conflictos posteriores. Su empatía hacia personas que sufren, a su vez aumentó en mí la dimensión de la solidaridad. Muchos adultos mayores saben compartir abiertamente y sin prejuicios sus bienes y su tiempo. 

Nuestras parroquias, en general, son sostenidas económicamente por la población adulta mayor y estimo que muchos de nuestros ministerios pastorales están, en su mayoría, compuestos por ellos. Al donar su tiempo a la Iglesia, manifiestan un alto nivel de altruismo y generosidad. Esto me ayudó a tomar conciencia de estar disponible con mi tiempo para los demás y aprender a ser altruista. 

La octava y última etapa del desarrollo propuesta por Erik Erikson es la vejez. Una vez superadas las “crisis” de las etapas anteriores la persona logra llegar a una integración de su vida frente a la desesperanza. En esa etapa muchas personas pueden sentirse agradecidas de la vida y de Dios por haber logrado gran parte de sus metas y sueños. Muchos adultos mayores se perciben como sobrevivientes al compararse con personas de su mismo año de nacimiento, cultura y género y que físicamente ya no están. Su autoconcepto y autoimagen es de benevolencia. Estar cerca de personas mayores me ayudó a tener mayor autoconfianza y sentido de gratitud por todos los logros y fracasos vividos hasta ahora. Igualmente, los adultos mayores me proporcionaron mapas y rutas de vida para superar los obstáculos del diario vivir. Me inspiraron a la superación personal. 

Al ser, en su mayoría agradecidas y generosas, la experiencia de compartir con ellos aumentó mi grado de felicidad. La felicidad tiene beneficiosos para la salud mental y física de todos. Al tener una vida más estable (con pocas mudanzas), los adultos mayores logran mayor adherencia a la vida parroquial. También, al tener una vasta experiencia de vida, su sabiduría acumulada y compartida hace posible que pueda aplicarse a la propia vida de cada uno. En el libro de Job (12, 12) se nos dice: “En los ancianos está la sabiduría, y en largura de días el entendimiento”. 

Compartir con adultos mayores también me ha hecho consciente del duelo al enfrentar su partida de este mundo. Como ministros y acompañantes en los procesos de la vida de nuestros feligreses, hemos de estar conscientes de que también somos vulnerables al dar el último adiós a tantas personas que significaron mucho en el acontecer y devenir parroquial con su liderazgo, ayuda, presencia, risas, maracas, cantos y güiros. Al ser feligreses que conquistaron nuestros corazones y afectos, sentimos su partida porque ya no estarán con nosotros. Sin embargo, hemos sido puentes en su proceso hacia el encuentro con Nuestro Señor Jesucristo. Esa es nuestra mayor satisfacción y alegría, en medio de la tristeza y el duelo. En conclusión, debemos tener todas las generaciones (incluyendo los adultos mayores) cerca de nuestros corazones para así desarrollar una convivencia sana, integradora y esperanzadora que se abra al tiempo y al amor.

Padre Víctor M. Torres Cisneros 

Para El Visitante