Alabado sea Jesucristo, que es el mismo ayer, hoy y siempre (cfr. Hebreos 13,8). Alabado sea Jesucristo, Buen Pastor, Sumo y Eterno Sacerdote que me ha elegido y me ha llamado al ministerio sacerdotal. Al cumplir mis 30 años de vida sacerdotal, resuenan en mi interior las palabras del texto bíblico del Evangelio de mi Ordenación Sacerdotal. Palabras dichas por Jesús: “Yo soy el Buen Pastor. El Buen Pastor da la vida por sus ovejas”. También vienen a mi mente las palabras de la liturgia de mi ordenación presbiteral y que me dijo el obispo Mons. Enrique Hernández, hace 30 años, palabras que he ido conjugando a lo largo de mi vida ministerial: “Vive lo que predicas y configura tu vida con el misterio que celebras”… como también recuerdo que en los marcadores que repartí en aquella ocasión como recordatorios, contenía una frase del Santo Cura de Ars y que de alguna manera ha estado también muy presente en mi vida sacerdotal: “La alegría es propia de los que saben dar, pero mucho más, de aquellos que se dan así mismos”.

Hoy doy gracias a Dios por este inmenso y hermoso regalo del cielo que es el sacerdocio, don de Cristo a su Iglesia. Y por tantas personas que me han acompañado en este caminar, empezando por mi familia de Naranjito, mis amigos, hermanos sacerdotes, obispos y feligreses de las Parroquias donde he tenido el privilegio de servir: San Miguel Arcángel de Naranjito, parroquia de donde soy natural y en que serví como diácono transitorio; y luego como sacerdote en: Parroquia Inmaculada Concepción de Vieques, Nuestra Señora del Carmen de Cidra, San José de Aibonito, San Juan Bautista del Pueblito del Río en Las Piedras, San Francisco de Asís en Malpica de Río Grande, Catedral Santiago Apóstol de Fajardo, Inmaculada Concepción de Juncos y El Salvador en Borinquen de Caguas. Y no puedo dejar de mencionar, los años en que serví de Director Espiritual en el Colegio San Juan Apóstol y Evangelista de Caguas, para el nivel intermedio y superior. Y tampoco puedo olvidar los años que fui Director Espiritual en el Seminario Propedéutico de Caguas, acompañando a nuestros seminaristas, algunos de ellos ya sacerdotes hoy.

Hoy celebro mis 30 años de vida sacerdotal en Juncos no sólo porque es donde trabajo actualmente, sino porque de mis 30 años como sacerdote, aquí llevo 10 años con ustedes. Además, fue aquí, en el valle del Valenciano donde este chango mulo, se inició como escritor.  Y también estando con ustedes nacieron varias de mis canciones.

Todo lo que tengo y lo que soy se lo debo a Dios. De hecho, soy suyo, le pertenezco a Él. Sentido de pertenencia que fue creciendo y madurando poco a poco. Mi ministerio sacerdotal, dones, talentos, mi vida entera le pertenece al Señor. ¿Qué puedo ofrecerle a Dios que no sea suyo? El sí de mi amor. Un sí firme, alegre, fiel, constante e incondicional. Y esta es mi ofrenda a Dios. Creo que desde esta ofrenda y este sentido de pertenencia a Dios camino hacia la santidad porque es así como yo vivo, experimento y me gozo el cielo en la tierra.

Hoy que cumplo mis 30 años de vida sacerdotal, quisiera compartir parte de mi testimonio y de lo que significa para mí ser sacerdote.   Ciertamente en mi vida sacerdotal, en el largo camino de configuración existencial con Jesucristo Buen Pastor, no han faltado las pruebas y dificultades, como tampoco los momentos más sublimes y felices en la presencia de Dios. Momentos en los que siento que la gracia de Dios se derrama abundantemente sobre mí y sobre aquellos que Él me ha confiado. Y créanme que son muchos esos momentos sublimes en los que me siento bien cerca de Jesús. Y hoy me atrevo a compartir con ustedes tres de esos momentos como testimonio sacerdotal:

Primero: la consagración en cada Eucaristía, en ese momento siento que son las manos de Jesús y no las mías, las que se posan sobre el pan y el vino para transformarlos en su cuerpo y sangre y luego al levantarlos sobre el altar, siento que Jesús mismo me permite subirme con Él a la cruz. Segundo: en el abrazo del penitente luego de la absolución en la Reconciliación. He sentido que Jesús nos abraza a los dos, con inmensa ternura y compasión. Y tercero, en la sonrisa del enfermo al recibir la Santa Unción… porque siento en su mirada tranquila y llena de paz, y en su tierna sonrisa que es Jesús quien me mira y me sonríe. Un día un amigo y hermano sacerdote me acompañó a ungir un enfermo. Al salir él me preguntó por qué había tratado con tanto cariño, cercanía y ternura al enfermo como si lo conociera de toda una vida y mi respuesta fue: “A este enfermo le ayudé a encontrarse con Jesús. Quería que viera a Jesús, no a mí”.

Si me preguntaran en dónde está el secreto de mi alegría sacerdotal mi respuesta sería: en Jesús. En esta vida sacerdotal, he experimentado sacrificios, pero sin duda alguna, no he sacrificado mi felicidad. Claro que ha habido momentos duros y difíciles, pero en esos momentos me abrazo a la cruz de Jesús, sabiendo que no está vacía, que en ella lo abrazo a él. Y he ido descubriendo que aquel que me llamó, no me ha dejado solo, que me ama, me cuida, me perdona, me consuela y me renueva para seguir dando lo mejor de mí y con mi vida, seguir respondiendo a su llamado con un sí generoso constante, fiel, valiente y alegre.

Un día le dije a uno de mis obispos (y han sido cuatro: Enrique, Álvaro, Rubén y ahora Eusebio): Yo no seré el cura más santo que usted tenga en la diócesis, pero le puedo asegurar, que soy el cura más feliz. Otro día, recuerdo que después de celebrar 6 Misas en el fin de semana, un niño se me acercó y me preguntó si no yo no me cansaba de celebrar tantas Misas, a lo que respondí: “No, no me canso. Te voy a decir por qué. Este es mi secreto: “Este fin de semana, Jesús me ha permitido, por unos instantes tenerlo 6 veces en mis manos, el resto de la semana es él quien me lleva en sus manos. Por eso no me canso”. Aún recuerdo la sonrisa y el brillo en los ojos de aquel niño, quien rápido salió corriendo a contarle a sus padres.

Si me preguntaran qué es lo que más me apasiona de esta vida sacerdotal. Hoy me atrevo a responder que tres son los pilares en lo que fundamento mi espiritualidad y mi vida ministerial. Primero: la oración personal y comunitaria. En especial, la Eucaristía, creo, vivo, celebro y experimento el cielo en la tierra en cada Santa Misa. Segundo: La Palabra de Dios. Vibro con la Sagrada Escritura, siento que, en ella, Dios sale a nuestro paso, porque siempre ilumina nuestra vida y responde en todo momento y lugar a lo que vivimos. Me encanta predicar y lo que no te digo hablando, te lo digo cantando. Así es, porque el que canta, ora dos veces. Y tercero: la devoción a la Virgen María, Madre de Dios y de la Iglesia. No tengo dudas que ella me cuida y me acompaña en este caminar. Cuando inicié mi ministerio, mi primera parroquia, mi primer amor, fue la Parroquia Inmaculada Concepción de Vieques. Luego serví en La Parroquia Nuestra señora del Carmen en Cidra y hoy, 30 años después vuelvo a estar bajo el manto de la Purísima Virgen María, en la Parroquia Inmaculada Concepción de Juncos y por 10 años. Cómo me ama mi madre del cielo. Como diría mi santa madre en Naranjito: “Siempre con Dios y la Virgen, Canito. Con Dios y la Virgen”.

Bien se ha dicho que los sacerdotes somos los hijos predilectos de la Virgen porque hacemos presente a su hijo Jesús en medio de nuestro pueblo. Y eso es precisamente lo que yo quiero seguir haciendo, no sólo de manera cultual litúrgica, sino vivencial, en el día a día, con la vida. Que la gente al verme no me vean a mí, sino a Jesús. En el fondo, creo que eso fue lo que quiso decir Jesús con aquella frase: “Hagan esto en memoria mía”.

Hoy reafirmo mi vocación sacerdotal y puedo exclamar junto al Salmista: “¡Cómo pagaré al Señor todo el Bien que me ha hecho! Alzaré la copa de la salvación invocando tu nombre, Señor.” (Salmo 115). ¡Hoy confieso que soy inmensamente feliz y que bien vale la pena ser sacerdote! ¡Y si Dios me diera la oportunidad de volver a nacer, volvería a ser sacerdote!

Hay muchas frases de gente que han sido clave en este caminar y tengo que mencionar una que me gusta mucho y que repito como mantra en cada aniversario y en cada momento fuerte en mi vida personal y ministerial. Un día me la dijo P. Rubén, hoy obispo de Ponce y la llevo grabada en mi mente y corazón: “Sé sacerdote, siempre sacerdote y en todo, sacerdote”.

A mi gente les pido, que no dejen de orar por sus sacerdotes. Oremos para que Dios nos otorgue muchos, buenos y santos sacerdotes que apacienten el rebaño con el corazón de Cristo Buen Pastor. A mis hermanos sacerdotes, les pido que siempre tengan su mirada fija en Jesús y que, por favor, nunca dejen de sonreír. Sean felices, sean felices!

 

 

P. Ángel Luis Cintrón Ortiz (P. Canito)

Para El Visitante

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