La liturgia de la palabra presenta una diversidad forestal muy interesante: nos habla de cedros, de palmeras y de arbustos de mostaza. Cuando la interrogante es tan complicada como buscar una comparación justa para el Reino, el Señor simplifica la respuesta hablando de granos que crecen en el campo. 

 

  El texto profético (Ez 17, 22-24) centra su mirada en la pequeñez de una rama de cedro que crecerá en lo alto del monte. Aun en su pequeñez no será posible no contemplarla porque se desarrollará de tal manera que alcanzará una nobleza sin igual. La lírica sálmica (Sal 91) por su parte conduce la mirada a lo alto de las palmeras porque con ellas compara la justicia del hombre que vive en santidad. También será imposible no mirarla. El trozo evangélico, claramente dividido en dos partes, nos conduce a mirar no sólo el anonimato de la semilla que va creciendo en silencio, sino también a contemplar que al árbol de mostaza sobre el cual las aves anidan se presenta exuberante. 

  

Si del texto profético asombra cómo de la pequeña rama surgirá un esplendoroso cedro, en las parábolas del evangelio asombra cómo de la pequeña semilla, que engendra fuerza de germinación y virtud interior de vida, surgen cosechas y surgen árboles que hasta sirven de abrigo y aposento. Para hablar de la grandeza del Reino es necesario recorrer el camino de la pequeñez, del anonimato y del desconocimiento. Jesús con explicaciones simples y accesibles invita a contemplar el Reino.  

 

En ocasiones, nuestras complicaciones nos alejan de los pasos asertivos para que el Reino de Dios sea siempre punto de referencia (como los cedros y las palmeras en lo alto de los montes) y para que, como las semillas, engendremos fuerza de vida que brotando esté siempre al servicio de los demás. En el Reino estamos invitados a que: al abrigo de sus ramas, que son nuestras manos, coloquemos los niños que sufren el maltrato silente del desprecio de sus progenitores. Como una palmera de alto serán los logros que alcancen si les ofrecemos la cercanía acompañada de la paciencia necesaria para vivir los procesos de cada etapa de la vida; no menospreciados, sino valorados; no regañados, sino guiados; no despreciados, sino acogidos como el regalo invaluable que son.     

 

Al abrigo de sus ramas, que son nuestros brazos, tenemos que colocar los ancianos que viven hundidos en los pozos del sinsentido por la soledad a la que sus familiares les han sometido. Robustos, como los cedros, estarán sus corazones cuando vivan no sólo de recuerdos, sino de experiencias siempre nuevas en el compartir espontáneo, frecuente, cuidadoso y respetuoso en una firme unidad familiar.

 

Al abrigo de sus ramas, dando nuestros pasos, para que el enfermo emocional vaya superando las crisis a las que le ha suscrito la falta de amor. Como las aves que se posan en las ramas del arbusto de mostaza, así de alegres cantarán y revolotearán.  

 

Cuando nuestra vida cristiana deje de ser como esas plantas artificiales que adornan nuestras oficinas, que más allá del polvo, no permiten anidar la aves, no oxigenan, no crecen, no producen, no ofrecen ningún favor a los demás y, por el contrario, como dice Pablo en la segunda lectura (2 Cor 5, 6-10) caminemos guiados por la fe (y me atrevo a añadir que esa fe sea robusta como los cedros), vivamos con una esperanza alta como las palmeras y una caridad extensa como las ramas del árbol de mostaza será el momento en que el Reino de Dios haya llegado a nosotros… y, entonces, no será posible no contemplarlo.   

 

P. Ovidio Pérez Pérez 

Para El Visitante 

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