Cogen fiao

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Enjoying leisure time together. Attractive boyfriend and girlfriend smiling and feeling happy while relaxing in the bedroom
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La expresión jíbara se refiere, más bien, a los novios que, llevados por la pasión, se envuelven en relaciones que resultan en embarazo. Eso puede ocasionar, en algunos novios de familia muy severa en este aspecto, que se vean obligados a casarse para tapar con el matrimonio el error causado. Ella teme el escándalo, el rechazo posible de su familia, la expulsión si estudia en un colegio severo. Les digo: si te casas porque estás embarazada, pero no sientes aún la fuerza para constituir un hogar, ¡no te cases, animal! Si te casas estando embarazada, pero el noviazgo ha madurado, existen otras razones de peso para dar el paso, entonces cásate. Pero no sean ingenuos. Dentro de unos meses vendrá un nuevo huésped que le complicará la vida antes de tiempo, y es bueno que se preparen anímicamente para la tarea.

El fiao ahora es de otra manera. Son los novios que se van a convivir. Esto ya parece moda, tristemente. Yo digo que mis padres convivieron porque eran campesinos pobres e ignorantes, pero hoy en día conviven porque tienen master de la Upi. Como tienen el master, buscan el mister. Para todo. “Qué dirá el santo Padre que está allá en Roma…”.  Nuestra moral católica se encuentra perpleja, porque lo curioso es que, muchos de los que así actúan, han recibido información. ¿O será que ya no hay sentido del pecado? La disyuntiva que encaramos es: o cedemos en nuestra visión moral, o intentamos apremiar el sentido de la castidad en los novios.

La convivencia conlleva, definitivamente, la vida sexual como esposos. La moral dice que caen en situación de pecado. Porque la vida sexual es el don de Dios para los que han aceptado, con toda ley, la misión de fundar un hogar. El punto es que en el sexo se da la entrega más profunda del ser humano: entrego mi intimidad, con no solo lo físico, como los animales, sino con el corazón, la comunicación total. Y es una entrega que entre sus valores contiene la fecundidad. Necesita, por lo tanto, un compromiso de estabilidad, de exclusividad, de parte de esos novios. Compromiso que también venga avalado por la comunidad, y por eso requiere también la aprobación de la Iglesia convirtiendo la entrega en un acto eclesial. Mucho más constituyendo un sacramento.

Un ejemplo sería el astronauta. No metemos en la cápsula a cualquier persona, por más que sienta la emoción de volar satelitalmente o para pisar a la luna. El astronauta ha sido habilitado, entrenado, con una capacidad física especial.  Solo cuando recibe la aprobación de los médicos y de los ingenieros de la NASA entra en la cápsula para la aventura que posiblemente le cueste hasta la vida. Él se compromete libremente a esa aventura necesaria para el avance de la ciencia. Si no es libre, sería una perra Laika más.

Lo triste es que el sexo hoy en día muchos lo consideran como un objeto de uso.  Como el celular. Algo también desechable. Se usa para buscar el gusto, el placer venéreo tan intenso. Se le ha descartado no solo el valor humano, sino el valor de compromiso que resulta de regalar a otro mi propia intimidad. Si es como un carro en que se dan trillitas, pero no se compra el carro… El sexo no puede ser como el del animal, que busca a la hembra según su ciclo menstrual. Exige más valores, que solo se dan en plenitud cuando la pareja se compromete, y el compromiso es público y bendecido por la comunidad eclesial. Usar el sexo al buen tuntún sería como dar de comer al perro en un plato de la dinastía Ming.  El perro come en plato de plástico, de Kmart, no en una obra de arte.

No soy ingenuo. Somos conscientes de que el amor impulsa a la expresión física con esa persona especial. Y sé que no es fácil a los novios darle al pedal quemando frenos. Pero alabamos a aquellos que, aun con debilidades y deslices, siguen esperando el momento de aprobación final. Recuerdo la canción de Gigliola Cinquetti: “No tengo edad, para amarte, y no está bien que salgamos solos los dos… deja que llegue el momento supremo para darte mi amor”. 

P. Jorge Ambert Rivera, SJ

Para El Visitante

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