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A través del Profeta Ezequiel, Dios se presenta como un pastor que viene a cuidar con amor a sus ovejas hasta el punto de dar su vida por ellas.

Según San Pablo en Primera de Corintios, Jesús es el Rey Guerrero que enfrenta y vence a sus enemigos como defensor de su pueblo. Estos enemigos son el pecado y la muerte.

San Mateo nos presenta el Juicio Final, en donde Jesucristo se erige en el Juez para juzgar a toda la humanidad.

¿Cómo es que surge la figura del rey en la historia? El rey es aquél que es capaz de unir a su pueblo para enfrentar a sus enemigos y así proteger su gente. El Rey, con sus hombres, sale al campo de batalla mientras que deja en resguardo a las mujeres, los niños y los ancianos. Es el General que dirige la batalla y, una vez victorioso, se gana el derecho de gobernar, legislar y juzgar a su pueblo. Lleva en sí los tres poderes de gobierno: ejecutivo, legislativo y judicial. Los reyes de la actualidad son simples títulos simbólicos ya que no ejercen ninguno de los tres poderes, sino que simplemente representan el alma del país que reina. No era así en la antigüedad. Es, con la visión histórica de lo que es un rey, como tenemos que ver el reinado de Jesucristo.

Jesús no es un rey que se aprovecha de su pueblo, sino que ama a su pueblo tanto, que se entrega por él. Nos dice Ezequiel que ese Rey es el pastor que ama a su rebaño. Porque lo ama, cada oveja cuenta, conoce a cada una. Cuando se enferman las sana, cuando viene el lobo lo enfrenta, cuando una está de parto la asiste. Se esfuerza para que su rebaño, o sea su pueblo, reciba los mejores pastos.

Este Rey General es el que enfrenta con su ejército a los grandes enemigos de la humanidad que son el pecado y la muerte. En esta confrontación, Él no tiene más ejército que Él mismo, su arma es la Cruz, sus municiones son su Palabra y, sobre todo, su Sangre. Con estas armas, el Rey General enfrenta y vence a sus enemigos.

Pero es también el Rey Juez. Al término de la Guerra, va a juzgar a todo el mundo y el criterio de su juicio es el amor. Dios es amor y abusamos tanto de este concepto que creemos que el amor es un simple sentimiento dulce que lo permite todo. Para Jesucristo, el amor es entregarse al Amado, como Él lo hizo, y el amor es toda una convicción, toda una entrega, es volcarse al amado, que, en este caso, los amados son todos nuestros hermanos y hermas. Es por eso que, el criterio del amor es lo mucho, lo poco o lo nada que hemos hecho para todos nuestros hermanos y hermanas. Y es que este Rey inaugura el Reino del Amor, y quiere que todos sus súbditos, o sea nosotros, seamos hombres y mujeres de amor.

Padre Rafael “Felo” Méndez

Para El Visitante

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