Me viene la pregunta recordando el subtítulo de un libro sobre matrimonio: “Cuando tu media naranja se convierte en toronja” y recordando otro: “Cuando el azul de tu príncipe ya no es el tono de azul que te gusta”. Y más directo preguntaría: ¿qué harás cuando aparezcan las sombras de la pareja que antes te apasionaba? Pues, como ningún ser humano es un modelo de perfección (ni los santos hasta que mueren y son canonizados), en algún momento la inmensa luz de tu pareja se apagará, y sus sombras se irán alargando sobre el valle como cuando cae el sol.

Hay que estar conscientes de que, al elegir una pareja, lo que destacamos es lo que brilla, lo que atrae, el impacto de su belleza. Como el viejo que murió de novio: no vio el camión que le atropellaba. Pero sabemos que el paquete contiene mucho más. Y la entrega matrimonial no es la entrega de algo tuyo, sino de toda tu persona, con sus luces y sus sombras. Todos tenemos un talón de Aquiles (algunos son todo talones), y como se entrega la persona, se entrega el paquete entero.

Las sombras suelen aparecer cuando termina la luna de miel. Dice un cartelón: “La luna de miel dura mientras coinciden los dos egoísmos”. Es una etapa en que te concentras en lo rico que posee esa persona para ti; te concentras en tu propia satisfacción, según la recibes del otro. Pero la luna de miel no es permanente, y a algunas parejas se les termina incluso durante el mismo honey moon. ¿Qué hacer, pues, cuando el monstruo que habitaba en la caverna del otro u otra, saca su cabeza?
Primero, trata de quitarte neblinas y reconoce y confronta las sombras de la otra persona; ponles nombres: es egoísta, recostado, poco limpio, obsesivo-compulsivo… Si desde el comienzo reconoces con nombres sus limitaciones, no te asustarán cuando saque la cabeza. Es decir, completa la lista de pros y contra de esa persona. Así no serás ingenuo, sino realista.

Segundo, reconoce que esos dolores en el trato y convivencia con esa persona son parte de la dinámica pascual que el mismo Jesús vivió. “El Mesías tenía que padecer y resucitar al tercer día”. Jesús no fue falso con sus discípulos. En tres ocasiones les advirtió lo que venía. Y también el triunfo: resucitará y entonces reconocerán que vivía en el la plenitud de la divinidad. Como en la Transfiguración, no vieron algo majestuoso en Jesús, sino subiendo sudorosamente al monte y pasando la noche en oración. Y esa dinámica: muerte-resurrección, sigue siendo la dinámica humana, y nosotros, los cristianos, la aceptamos como parte del plan divino.

Tercero, reconoce que parte del crecimiento de ambos como parejas será el asumir y trabajar con esa experiencia de dolor. Como en la parábola del Conde alemán que extendió desde su castillo hasta una almena unos hilos de arpa, pretendiendo que el viento, al soplar los alambres, les arrancase notas. Pero la brisa suave pasaba entre los hilos sin apenas moverlos. Una noche una furiosa tormenta cayó sobre el castillo. El viento enfurecido conmovió los alambres que comenzarán a gemir las diversas notas del arpa.

O como el arpa de Bécquer: “del rincón en un ángulo obscuro veíase un arpa…”. Está llena de notas, pero como nadie la sacude, se llena de silencios y de polvo. Pero llegan los dedos del virtuoso que la limpia, y saca del instrumento unas maravillas que nadie pensaba podrían contenerse allí. Los defectos de tu pareja son esos hilos. Las tribulaciones, que serán la toronja agria, sacarán nuevas e inesperadas notas donde tu menos pensabas que se esconderían.

P. Jorge Ambert, SJ.
Para El Visitante

LEAVE A REPLY

Please enter your comment!
Please enter your name here