En los umbrales de la Semana Santa del 2017, específicamente el Lunes Santo, estaremos recordando la figura del Cardenal Luis Aponte Martínez, en su quinto aniversario de ausencia física entre nosotros. El tiempo pasa tan rápido que en ocasiones nos parece imposible percatarnos que ya son 5 años de ausencia física de quien en vida fuera “nuestro Cardenal Jíbaro”, “el Cardenal de la Eterna Sonrisa”, “el hijo predilecto de su Lajas natal”, de la que con tanto orgullo contaba sus experiencias en el Barrio La Haya.

En el transcurso de estos 5 años el Señor me ha separado físicamente de las tres personas más importantes en mi vida: el 10 de abril de 2012, el Señor Cardenal, a quien traté siempre como “un padre”.  El 8 de febrero del 2014, exactamente a los 2 años, el Señor quiso llevarse a mi madre, doña Lydia, paciente de Alzheimer y quien, dentro de su enajenación mental, siempre recordó al Cardenal como su mejor amigo y compañero de escuela, lo cual no era cierto pues mi madre nació y se crió en el Viejo San Juan; pero, por los años que el Señor Cardenal formó parte de la familia (42 años) ella siempre lo recordó. Al año y 10 meses de mi madre, el 28 de diciembre de 2015, falleció mi padre, don Goyito.

La presencia física de seres tan queridos hace imposible olvidarlos. Día y noche vienen a nuestra memoria situaciones, recuerdos, anécdotas, que te hacen revivir con alegría, y a la misma vez con lágrimas, a nuestros seres queridos que han partido ya a gozar la presencia del Señor.

He aquí la carta que San Agustín escribió a su madre: No llores si me amas… ¡Si conocieras el don de Dios y lo que es el Cielo! ¡Si pudieras oír el cántico de los ángeles y verme en medio de ellos! ¡Si pudieras ver desarrollarse ante tus ojos los horizontes, los campos eternos y los nuevos senderos que atravieso! ¡Si por un instante pudieras contemplar, como yo, la belleza ante la cual todas las bellezas palidecen! ¡Cómo! ¿Tú me has visto, me has amado en el país de las sombras y no te resignas a verme y amarme en el país de las inmutables realidades? 

Créeme; cuando la muerte venga a romper las ligaduras, como ha roto las que a mí me encadenaban, y cuando un día, que Dios ha fijado y conoce, tu alma venga a este cielo en que te ha precedido la mía, ese día volverás a ver a aquel que te amaba y que siempre te ama, y encontrarás tu corazón con todas sus ternuras purificadas. 

Volverás a verme, pero transfigurado, extático y feliz, no ya esperando la muerte, sino avanzando contigo, que me llevarás de la mano por los senderos nuevos de la luz y de la vida, bebiendo con embriaguez a los pies de Dios un néctar del cual nadie se saciará jamás. Enjuga tu llanto y no llores si me amas…

 Lo que éramos el uno para el otro, seguimos siéndolo. La muerte no es nada. No he hecho nada más que pasar al otro lado. Yo sigo siendo yo. Tú sigues siendo tú. Lo que éramos el uno para el otro, seguimos siéndolo. Dame el nombre que siempre me diste. Háblame como siempre me hablaste. No emplees un tono distinto. No adoptes una expresión solemne, ni triste, sigue riendo de lo que nos hacía reír juntos.

 Reza, sonríe, piensa en mí, reza conmigo. Que mi nombre se pronuncie en casa como siempre lo fue, sin énfasis alguno, sin huella alguna de sombra. La vida es lo que siempre fue: el hilo no se ha cortado, ¿Por qué habría de estar yo fuera de tus pensamientos? ¿Sólo porque estoy fuera de tu vista? No estoy lejos… tan solo a la vuelta del camino.

 Lo ves, todo está bien…Volverás a encontrar mi corazón, volverás a encontrar su ternura acendrada. Enjuga tus lágrimas y no llores si me amas.

 

         Con todo mi cariño, con toda tu alegría… S. Agustín.

Que el alma de todos los fieles difuntos, por la Misericordia de Dios, descansen en paz, amén.

(Miriam Ramos)

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