En México vive un notable y viejo debatiente político, Diego Fernández de Cevallos, varón dotado de extraordinaria habilidad retórica.  Brota de sus labios una catarata de palabras selectas, variadas, exquisitas, gestos imponentes que exaltan el tono de la voz, inundando al adversario.  Pero estos lo consideran un deshonesto, aprovechado del poderoso, enriquecido por manejos turbios. ¿Será un buen comunicador?  Mas oigo que la mejor cualidad del comunicador es saber escuchar.  San Ignacio aconsejaba a sus misioneros: ‘escuchar mucho, hablar poco y pausado’.  Recuerdo en una ocasión una dama que deseaba orientación en situaciones dolorosas por las que atravesaba. Se iba desahogando de lo que sufría y apenas me permitía una pregunta, o dejar yo escapar un gesto o aclamación de comprensión.  No pude hablar en verdad durante una hora.  Luego alguien me dijo que ante los demás me alababa por mi buena consejería, ¡y yo no dije nada!

Dicen también (no sé si sea científico) que la mujer tiene necesidad de emitir tres mil palabras por día y el varón mil.  Al llegar a su casa el varón desea descansar del palabreo y ruido soportado en su trabajo; ya agotó sus mil palabras.  Pero la mujer ha estado en casa a lo mejor sola, pues los niños han ido a la escuela.  Al llegar el varón lo espera ella con las dos mil palabras que le restan por desembuchar. No le es fácil al varón seguir manteniendo la oreja abierta. El buen comunicador hace sentir al oyente que es escuchado, que es animado en su expresión, que lo entiendes no solo en lo que expresa en ese momento, sino todo lo que subyace en lo que habla.

Según el sicólogo Rogers en la comunicación hay cuatro niveles.  Comprender y estar atento a esos cuatro niveles, logra que el hablador se sienta escuchado, comprendido.

Porque una cosa es lo que dice, lo que se oye, lo que sale del hablador con sus palabras, con el sentido que le da a esa palabra, no solo por el castellano correcto sino en su entendimiento y experiencia.  Seria, por tanto, conveniente expresarle “o sea, tú dices que…”, de forma que el hablador le asegure que sí, eso fue lo que expresó.

Hay otro nivel más profundo: por qué razón enuncia, expresa, pide eso en concreto.  O sea, qué motivación le impulsa a expresar lo que acaba de expresar.  Tal vez sea como un mero desahogo de algo sufrido, o un punto que considera básico para llenar su necesidad fundamental, o simplemente para desahogarse de algo que le oprime el pecho…  Si el hablador no lo verbaliza, sería conveniente preguntárselo: ¿dices esto porque…?

Otro nivel más hondo es cómo lo dice: qué sentimiento lleva enredado lo que verbaliza.  ¿Será coraje por algo que le molesta de forma especial? ¿Será una situación que le produce miedo, ansiedad?  ¿Es cosa que expresarla le produce alivio, alegría, consuelo?  ¿Será una explosión emocional por algo que ya no tolera más por lo frecuente que se presenta?  Hay que recordar que los seres humanos no somos meramente ideas estériles.  El mundo afectivo siempre está presente y es como el adobo en la carne, que le da verdadero sentido.

El cuarto nivel es el de examinar la experiencia pasada por el individuo, su motivación, en este momento, para expresarse con fuerza. ¿Será algo que brota de su crianza, lo tolerado o deseado, sus valores o expectativas en la vida diaria?  ¿Es su manía, o los objetivos deseados?  En fin, como ven para ser buen comunicador, o buscar la mejor solución al tema planteado, hay que saber escuchar.  Reflexiona Jeremías: “quién conocerá el corazón del hombre?  Nunca entenderemos plenamente lo que el emisor remite; se debe ser entonces receptor callado y pausado.

 

P. Jorge Ambert, S.J.

Para El Visitante

 

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