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ASOMBROSA PAREJA

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Una pareja amiga, con ocasión de su aniversario, me escribía este maravilloso testimonio.  Hoy el artículo lo redactan ellos, y yo… Hay que llorar de consolación al ver cómo se mueve el Espíritu en los consagrados por el sacramento. 

En estos momentos venimos de celebrar nuestros 30 años de enlace matrimonial. 

La película de mi vida se proyecta hoy en mí mente, particularmente esos 30 años en los que se ha forjado esa parte de mí que hoy me acompaña y sostiene, esa parte de mí que más me gusta, esa parte de mi que lleva un bonito nombre. 

Como todo matrimonio, el nuestro se ha caracterizado por momentos de alegría y otros de penas. Tal y como nos lo advirtió el sacerdote. Hemos perseverado en las buenas y en las malas. Guiados por el faro que irradia la luz de la ansiada plenitud matrimonial que nos anima. Ese es el objetivo que nos mueve y señala el camino. La plenitud no se alcanza aquí, pero se saborea en el camino. Pues en el camino, alcanzamos a saborear algo del manjar espiritual de lo Divino. Al final, el encuentro con Dios. Tal vez, es Moisés un buen ejemplo. Nunca llegó a la tierra prometida, pero llegó con la salvación a la vida plena. A la plenitud. A Dios. 

Pienso en tres momentos que nos marcaron camino. El primero, Huracán George (1998). El devastador María (2017) no produciría tanto daño en Puerto Rico, como el daño de las experiencias que vivimos con la llegada de George en nuestro matrimonio. Los primeros brotes de verde (vida) en nuestra relación tardarían mucho más en aparecer. Pero, también debo decir que nuestra recuperación sería muy superior a la de PR. Los huracanes fuertes arrasan con todo en la superficie. Así, logramos identificar lo malo en lo profundo para redirigir nuestras vidas.

Segundo, el Taller matrimonial. Un taller que serviría para encontrarnos con la esperanza, identificar áreas importantes que debíamos trabajar y comprometernos con el proceso de transformación que solo se alcanza cuando se camina hacia el faro de la plenitud. El tercer momento coincide con la muerte de mis suegros. Sí necesariamente es ahí donde alcanzo a enmarcarlo.  Fueron ellos dos inmigrantes que llevaron sendas vidas de lucha y éxito. 

Mi suegra, valiosísima mujer, a los 62 años fallece de cáncer de pulmón. Duraría poco desde su diagnóstico y alcanzaría a disfrutar un poco a 3 de los 10 nietos que nacerían de sus 4 hijos. Mi suegro fue el comerciante exitoso que luego del fallecimiento de su esposa decía a los hijos: “Ustedes no entienden, no es que no pueda vivir sin ella, es que no quiero vivir”.  Para entonces nosotros habíamos asumido la costumbre de comulgar abrazados por la cintura de frente al sacerdote. No aprendimos esto en ningún lugar, no lo leímos, tampoco lo imitamos de nadie. Lo comenzamos a hacer porque sí. Porque así nos sentimos movidos a hacerlo. Creo que fue la acción del Espíritu, manifestación del amor de Dios.

Sin embargo, el duro momento de pérdida que sufrimos por las pérdidas nos llevó a no querer comulgar. Superada la crisis, confiese que yo tal vez, el verdadero camino de fe y espiritualidad que me tocaba recorrer. Puedo afirmar que al igual que cuando comenzamos a comulgar abrazados, esto no fue una decisión verdaderamente mía, sino el impulso de algo que me superaba. Pero, que al igual que entonces, produciría en mí muchas paz y confianza de que era lo correcto y todo retomaría su curso.

Así nos acercamos hoy a Jesús en la Eucaristía. En ese pequeño pedazo de pan sentimos la presencia de Jesús. Así, en cada comunión ocurre el encuentro y unión intima de los tres que forman nuestro matrimonio. Entonces, el que quiera saber cuál nuestro secreto para superar lo superado y mantener firme el rumbo a la plenitud, les comparto nuestro secreto: “Estamos en el Pan consagrado… con Jesús.”

Padre Jorge Ambert, SJ

Para El Visitante