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Palos y clavos forman una estructura cruda y rudimentaria del pesebre simplemente con el fin de sostener el alimento para el ganado. Contrario a la imagen delicada y rústica de este en el nacimiento, los campesinos lanzan sin delicadeza alguna el alimento sobre el robusto pesebre para que este sirva de perímetro en el desorganizado corral y así evitar mezclar la comida con el agua. Fue aquel pesebre en una gruta de Belén, singular y sagrado a la vez, el que recibió al Niñito. Observar detenidamente los elementos que componen el pesebre y su función de sostener es darse cuenta que con ellos se puede forjar: la barca que sostiene a los navegantes para que no naufraguen, la mesa que sostiene el pan para alimentar o la cruz que sostiene al Salvador en la que redimió a la humanidad. 

Contrario al pesebre vacío que espera por la encarnación de Dios en el santísimo Niño, los días de Adviento en suelo borincano pasan de lo sacro a la otra esquina para convertirse en tiempo corto de bonanza, de compras impulsivas, de los bonos “navideños”, de ofertas de prestamos, de comidas excesivas, sorteos adicionales… Más parece que el preámbulo a navidad se adelanta al tener clave de fiesta, baile, coquito, vaping y apuestas en vez de sacrificio, entrega, austeridad, misericordia y preparación.

Urge la preparación del pesebre a nivel personal, con conversión interna, mucho más allá de las decoraciones, pascuas y luces. La clave pudiera ser convertirme en un pesebre viviente al vaciar mi vida de distractores, vicios, egoísmos, individualismos, afanes, ganas de reconocimientos, deseos de fama, anhelos de victoria, impurezas… Si me vacío de tanto ruido y caprichos solo quedará mi vida mis los temores, las intenciones que habitan en mi corazón, mis talentos, cicatrices, pensamientos y acciones. Solo quedará la fe, la esperanza y caridad -sean pocas o muchas- con la que vivo. Solo así pudiéramos trabajar en nuestra conversión y concentrar nuestro ser y sentidos para estar listos y recibirlo a Él en la forma de un niñito.

Tal vez una forma de prepararnos será vaciarnos y quedarnos con lo esencial. Pero, las tablas son muy duras para la suave piel del Niñito Dios. Podemos acolchonar el pesebre con una ofrenda. La vida sacramental y las obras de misericordia con los rostros sufrientes de Cristo que se revelan en el prójimo en soledad, tribulación y necesidad, funcionarán como el heno, la paja o el pasto para cuando llegue -o mejor dicho cuando regrese definitivamente- El Salvador del Mundo. Así podrá descansar y regocijarse en nosotros. Reflexión: El Salvador viene, ¿cómo está tu vida y pesebre?

Enrique I. López López

e.lopez@elvisitantepr.com 

Twitter: @Enrique_LopezEV